Archivo de Marzo, 2006

¿Va Camino Del Aeropueerto?

Marcos Winocur - Puebla (México)

Aeropuerto: lugar donde la gente se reúne para canjear el miedo de perder el avión por el miedo a volar. Sí, deja abajo el miedo uno y toma arriba el miedo dos. Desde el episodio de las Torres Gemelas, el miedo dos viene sólo en envase familiar. Finalmente, usted hace “de tripas corazón” y aborda el avión con “el Jesús en la boca”. En vuelo, entre las piernas de la sobrecargo y la comidita que le dan, se olvida de los miedos. Pero llega la hora de bajar, el avión inicia el descenso y… Como “bien está lo que bien termina”, feliz aterrizaje, suspiros de alivio y aplausos para el piloto, los celulares salen a relucir y cola en los teléfonos públicos: “mamá, llegué muy bien, nada pasó, corto porque tengo que ir corriendo al baño.”
Y toca el turno al miedo tres: que se pierdan las maletas. Y cuando usted las tiene en su poder… etcétera. Así que, en realidad, la gente tiene un destino común. ¿París, Londres, New York? ¡Vamos…! Ése es el viaje aparente. Usted, y todos, volamos de una provincia a otra del País de los Miedos. Viajar es renovarse, claro: dejar atrás los cotidianos temores vividos en la calle, en la oficina, en la carretera, temores ya gastados de tanto uso, vengan unos distintos y más intensos… pero no tanto: la odisea de un rehén no se la deseo. Así que, dentro de ciertos límites ¡bienvenidos los sabrosos nuevos miedos, a disfrutarlos sin pudor! Porque ese moreno de bigotes que acaba de subir se parece mucho al que secuestró…

Esperanza Bernal

Viento y Marea

Sergio Manganelli - Argentina

Viento y marea,
barajas de la noche,
fertilidad marítima.

El agua huele a sal
y a madreselvas,
a luceros carmín
y a albor del universo.

Buen hacer de las horas,
maldecir del camino,
abandonando al juego
de la espera
un memorial de fango
y de reptiles.
Con un pan de deseo
bajo el brazo,
y una bandera azul
de inconformismo.

Salvar el mar
sería una esperanza,
una romántica forma
de medirme,
cruzando las distancias
y los siglos,
acurrucando gestos
que la hiel
sacude en las facciones.

Navegación de dóciles
fantasmas,
bucaneros de sándalo,
niebla sostenida,
y la proeza cierta
de modelar la luna,
en la dolida arcilla
de la espera.

De la penumbra nace
el resplandor profundo,
y un perfume a duraznosendulza la conciencia.

La Chica de la Calle

Francisco Javier Sánchez Gallardo

Desde el primer momento que la vi, supe que mi vida estaría unida a ella para siempre. El verano recalentaba el asfalto de la calle dejando vacía una ciudad que ardía despacio. Entre los edificios, los pájaros retaban al calor exhibiendo sus vuelos acrobáticos hasta que le extenuación les obligaba a resguardarse en los huecos de los tejados; el bochorno había ganado.Como todas las tardes, la brisa fresca se olvidó de pasar por mi ventana, yo, sin embargo, asomé mi cabeza y apoyé los codos en el alféizar con la vana esperanza de encontrar un soplo de viento del norte que, despistado, se colara por mi habitación. No podría precisar si fue a las seis o a las siete, cuando mis ojos repararon en ella, en su manera de andar, en su pelo alborotado rozando los hombros, en un escote dos centímetros más abierto de lo normal. Perfectamente, cualquier cosa podría haberme distraído: el frenazo de un coche que no había supuesto que detrás de una pelota siempre hay un niño, el gato de la vecina ejerciendo de funambulista por la baranda del balcón, o cada una de las historias que ocurren en ese pequeño mundo en medio del mundo que es la calle. Y entonces, ella no hubiera sido más que una estrella fugaz que se olvida tras haberla deseado. Aquella tarde, afortunadamente, la ciudad estaba dormida y todos mis sentidos se centraron en ella. Enseguida, tras verla, comencé a soñar despierto. Pensé en acariciarla, en deslizar mis dedos entre su pelo, en cada una de las palabras que le diría para robarle un simple beso. Así pasaron los minutos hasta que se convirtieron en horas. Y, de pronto, sin saber muy bien lo que iba a hacer, bajé a la calle. Con calma, tal como había imaginado minutos antes, me acerqué a ella, con una voz temblorosa y frágil, le pregunté si podía acompañarla durante su espera, y ella me contestó: “Claro, te estaba esperando a ti”.Desde entonces hasta hoy han pasado dos años, y cada tarde, ella me aguarda en el mismo sitio del primer día. Y siempre a la misma hora, yo bajo, la beso y nos damos una vuelta. Puede que dentro de un tiempo, llegue el ansiado día en que no me pida dinero por estar conmigo. En todo caso, yo ya estoy preparado para ese momento.

Leo Almisas


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