Archivo de Diciembre, 2006

Luna Poética

Jordi Serra -

Luna andaluza de rima y estética,
Ufana, atrevida, salerosa,
Nutrida de musa jovial y poética,
Aquella halagüeña y cómplice dama:

Pensaste en ti al regalarte una rosa,
Ofrenda segundera que Dios trama
Éxodos por tu drama
Tejido en el pretérito,
Ideando ser feliz
Conmigo en el tapiz
Azul del celaje, ¡tuyo es el mérito!

Amalgama 13

Amalgama 13

CUENTOS Y RELATOS

1. La Leyenda del Pirata – Oliver Salas
2. El Cuello – Lola de la Riva
3. Él – Aroa Caballero
4. Sirena de Fuego – Esperanza Monje
5. Rumores – Mercedes Prieto
6. El Hortelano y El Roble – Auxi González
7. El Cazador Empedernido – Prudente Arjona
8. Mi Mejor Amigo, Gracias Al Mar – Vanesa Manrique
9. Dos Exploradores en unas Vacaciones Moviditas – Andrew Hendricks

POEMAS

1. A Mi Mar – Mª Concepción Rodríguez
2. Descorre las Cortinas Hacia un Lado – Ángel Fernández
3. El Mar – Carlos Crespo
4. Jazmines – José Carlos Dianez
5. Sueño de una Sirena que nunca Regresó a Su hogar – José Moncada
6. Gorrión – Utópico
7. El Otoño – Carmen Cintado
8. Ese Curioso Personaje – Eugenio M. Fernández
9. Por un Mundo Mejor – Josefa Díaz
10. Victoria – Mª Dolores Sújar
11. A Mi Hermano – Ana Mª Benítez
12. Ven a Andalucía – Adrián Zafra

MISCELÁNEA

1. Luis Cernuda y el Surrealismo – Joaquín Arévalo
2. Cabaret Voltaire – Luisa Marrufo
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La Plaza de Valença

Miguel Rodríguez - miguelroot@yahoo.com

La niña observaba cómo aquella extraña de ojos rasgados dibujaba su nombre en la lámina con animales, flores y caracteres orientales volando concertadamente como a muchos nos gustaría en la vida, con orden, armonía y espacio.

Mientras, una pareja se resolvía vendiendo globos multicolor de caballos, cebras y jirafas que se movían dócil y uniformemente a tenor de la ráfaga de viento. El tipo tenía pinta de alcohólico, de desajustado, con pelo muy rizado y cara demasiado enrojecida para su edad, cualquiera que ésta fuera, y vestía una camiseta de un color difícil de determinar y unos pantalones que serían de hippie si no fuera porque sus rotos no eran provocados. Ella, sin más, era distinta; parecía sacada de una foto de familia durante la conquista de la frontera del oeste americano, en blanco y negro, cuando todas las mujeres tenían rasgos severos y ropas y vidas deshilachadas por igual. Así era ella, igual de adusta, pero en color. Su cara era recia, angulosa y como de minero, y amarraba aquel rebaño de globos mientras atendía al afán del hombre por dar cuerda cada poco a unos ciclistas chinos de latón que, ante la mínima piedrecita, cambiaban solos de dirección en busca de nuevos horizontes más allá de la acera.

Sostenía en el regazo a un niño de cerca de un año que lloraba como una cebra y gesticulaba tratando de llamar su atención. En un momento dado y ante la insistencia de éste, se sacó un pecho y le puso a mamar, lo que calmó inmediatamente su ansiedad; al hacerlo cubrió la cabeza del pequeño y su propio pecho con la capucha del vestido del niño, con un gesto íntimo, de privacidad e infinitamente femenino. Miraba a su alrededor con una cierta ausencia, de vez en cuando sonreía como sin motivo, o se llevaba la punta de los dedos a la barbilla, con la mano ligeramente doblada al canto, como las mujeres refinadas. Y entonces lo entendí: ella le quería; con toda seguridad sus vidas eran lo suficientemente duras para no ser románticas y, pese a ello, así es como ella le quería; le deseaba de una manera agreste, no sofisticada y directa. Tímidamente se acercó alguien y compró uno de los globos.

Su hijo mamaba y trataba de seguir las migraciones de las cebras que gobernaba la mano de su madre, con sus ciclistas chinos de latón explorando el mundo al soniquete de una música a destiempo, una niña que recibe su nombre de mano de un extranjero que desconoce su idioma y, al paso, una multitud inconsciente de toda la escena: quizás porque nunca se enmarañaron en un amor desajustado y de frontera, ni leyeran historias de la China; puede incluso que hayan olvidado cómo fueron en blanco y negro, y si alguna vez acaso se quisieron salvajes. Aun peor, igual hasta nunca aprendieron a andar en bici al son de una música infantil – a destiempo, sí, como casi todo en la vida – más allá de la acera, persiguiendo a aquella jirafa voladora que seguía incansable el más tenaz de los ciclistas.

Veinteavo Anuncio

Rodrigo Verdugo - Chile

A mi primo Alan Bruna Pizarro,
En recuerdo de Villa Portales
“Y con horrible estruendo se abrieron
Cráteres y abismos poblado del duro instante de
Escalofriantes máscaras”
Olga Acevedo

Veo los lugares desde lejos y no los quiero habitar
La desposesión es la misma ya sea en el fuego o en el agua
O plantada al lado del desvarío de los jardines.
Veo las puertas desde lejos y no quiero entrar
Las hijas traen copas y clavos
Yo tengo un patrimonio de colchones y caballos atropellados
Venid postores, jugad con estos bienes.
Veo las ventanas color de azufre
Y se lo que se desfonda en ellas
Lo que logra quedar en pie como un arrobamiento de niño
Ante espacios blancos y negros.
Las hijas cuidan que el fuego no me quite la máscara
Cuidan que no hablen de mí en los desiertos
Barren mis resplandores sobre los ríos.
El espacio negro ritualiza al espacio blanco
Las olas quedan colgadas, prospera en los sesos ese motor aterrado.
Es imperioso que vuestras rodillas
Lleven caballos atropellados a los colchones
Como también colgar las olas,
Ponerles dientes visionarios a las bajas esperas.
Veo los pasillos desde lejos y no me quiero acercar
Ni llegar al final de ellos dirigiendo el aliento de los rayos
Que quedara esbozado en distintas líneas sin saber cual de ellas tomar
O adonde conducen, OH dime si al espacio blanco
Cuando parece un cajón abierto
O al espacio negro cuando parece esa sustancia que revuelve
Los funerales para que yo los guarde dentro de las botellas
Pero el cajón ha de cerrarse,
Luego de que las hijas hayan hurgado en él
Será porque tienen inclinaciones fosfóricas
Y la sustancia sale por el sur y se esconde por el norte
Donde fue imperioso que las grullas hayan arrastrado rejas
Y entrado a esa casa amarilla, donde clavos y copas son solo una parte
De aquello que se ha tramado en el espacio negro,
A espaldas de todos nosotros, con aletas,
Con puentes partidos, con cajones sueltos,
Con la certidumbre que he de desfondarme en un aliento de rayos
Que las hijas traigan después mi cabeza en sus manos
Será porque tienen inclinaciones fosfóricas
Que las hijas traigan después mis sesos sobre sus ojos
Será porque tienen inclinaciones fosfóricas.
Quedara acaso en pie la sustancia o lo que plante en el espacio negro
Mi patrimonio subastado en el espacio blanco y por supuesto rechazado.
Yo uno mi propia línea a las demás siguiendo el consejo de las hijas
Sé entonces de la alta y baja espera que se padece entre ambos espacios
Pero me angustio y empiezo a ultrajar, a reintegrar
Toda una anatomía de ánimas sobre los colchones
Y se suman las grullas y los motores aterrados a la orgía ruinosa.
Pero que hacen aquellos con aletas ahí en medio de ese puente partido
Quieren que lo cruce, que ellos me harán llegar al otro lado
Dicen: “Todo lo que necesitas es una inclinación fosfórica, y nada más”
“Podrás cruzar sobre todas las líneas si quieres, tu línea podrá dar
Fin u origen a las demás, podrás hacer también que ninguna de esas
Llegue a alguna parte,”
¿Cuál tomaste en tu infancia, cuando pusiste los clavos sobre las olas,
Si, dejaste algo ahí, como todo adolescente un padecimiento nacarado
Que las hijas cuidaran, dejando acercarse solo a los rayos y a las copas
Tú buscabas dentro de los cajones con temor a que te descubrieran
Con ese repertorio de piedras que el aliento de los rayos les producía
A quienes cambiaban de línea
O a quienes bebían un trozo de azufre de la misma copa
Y te castigarán trece días, sin poder tenderte debajo del puente.
Sin esas aletas que nos validan en cada suicidio
Sin que a la hora de cenar Silvia te cuente historias
De quienes pasaban del espacio negro al espacio blanco.
Veo desde lejos los cajones cerrados y ya no los quiero abrir
Porque pasar de un espacio a otro es como cambiar de rostro.
Veo a la sustancia esconderse en el norte,
Porque ningún muerto ha descansado
Como si ahora los rostros trajeran la imposibilidad de los retratos
Y eso se extendiera a los espacios blancos, y a los árboles y a los ríos
Como si ahora los rayos trajeran
La imposibilidad de los espejos y de los resplandores
Y eso se extendiera sin tregua a los espacios negros, y a los cuerpos y a las sombras.

Del libro inédito “Anuncio”

PD: Este libro inédito llamado “Anuncio” esta dedicado a la memoria
De mi abuela y segunda madre Silvia Silva Robles.




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