De Todas Formas, Te Seguiré Esperando

Maria C. Sánchez Nieto

SEGUNDO PREMIO
V CONCURSO PROVINCIAL DE RELATO CORTO
DELEGACIÓN DE JUVENTUD – ILMO. AYTO. DE ROTA

“ Dime si eres capaz de morir por lo que piensas. Sólo contéstame a una pregunta y respóndeme con sinceridad. Dime que harías si tu cabeza debatiese a gritos con tu corazón. Dime, tú que me conoces, que sabes tanto de mí y de mi vida ahora… tú qué harías…”

“ Quizás fue una casualidad. Quizás sólo fue el destino quien dispuso nuestro encuentro, quien hizo que nuestros ojos se encontraran. Quizás no la quise demasiado. Quizás nos escondimos hasta el final. Quizás nunca llegué a conocerla…”

Hacía frío aquella noche. Aketza lo supo porque al hablar su boca dejaba escapar un espeso vaho que denotaba al menos unos 3 grados de temperatura. San Sebastián estaba tan hermoso como siempre. La escarcha se acumulaba en las aceras. Por supuesto, abundaban los guantes y bufandas que cubrían gargantas y dedos congelados. Las casas oscuras y frías, las ventanas cerradas; sólo las luces parpadeantes de los bares de la zona alumbraban la calle solitaria.

Aketza Egointza entró con su grupo de amigos en la discoteca a donde acudían los sábados después de tomar algo en un bar cercano. Siempre apetecía bailar un poco, no demasiado, y sobre todo, conocer a alguna chica que fuera interesante. Aunque a él tampoco le atraía demasiado el mundo de las discotecas. Tal vez porque lo consideraba absurdo. Tal vez porque le resultara tan desconocido. Prefería pasear por las calles.

Aketza nunca bailaba más de lo que su vergüenza le permitía y tampoco nunca había conocido a ninguna chica verdaderamente interesante. Todas las chicas con las que había entablado una conversación no conseguían encajar, de una manera u otra, con su forma de ser. Aketza las veía lo suficientemente frívolas como para no permitirles abusar ni un minuto más de su tiempo. Ninguna de ellas merecía la pena. O tal vez podía ser que él mismo les exigiera demasiado. No obstante, aquello no era algo que le preocupara lo suficiente. Prefería simplemente divertirse.

Los amigos, esos que siempre estaban ahí, con los que creció y jugó en la calle cuando niños, aquellos que compartían sus ideas y, por supuesto, eran fieles a ellas, siempre lo animaban a ser más atrevido con las chicas y menos exigente. Pero Aketza buscaba algo más que un baile, dos copas y acompañarla a casa como mucho. Aketza buscaba algo más. Quizás una sonrisa, una palabra de aliento, una conversación verdaderamente interesante, algo que le llamara la atención, algo que lo encendiera.

Hacía frío aquella noche, aunque en la discoteca el calor compacto, nacido del propio trajín, colapsaba la respiración. La música era enemiga directa de los oídos delicados, era estridente e ininteligible. La oscuridad era agobiante para aquellos ojos que no estaban acostumbrados a ella, aunque en determinados momentos y, coincidiendo con el ritmo de la música, un haz de luz iluminaba por momentos la sala. Era entonces cuando podías percibir la gran cantidad de personas que bailaban enloquecidas al ritmo de aquel disparate.

Aketza escuchaba gritos y algunas palabras sueltas confundidas con la música. Puede ser que se encontrara un poco mareado, incluso que sus pies empezaran a resentirse. No podía ver hacia donde se dirigía y eso le inquietaba. No conseguía seguir a sus amigos que se escabullían entre la gente. No percibía los rostros de la gente que lo empujaban, que lo oprimían. No conseguía detectar los olores. Los ojos únicamente distinguían rostros caricaturescos. Ya no sabía hacia donde iba ni a quien seguía. Por un momento se sintió un poco ridículo, totalmente perdido. Finalmente, dentro de toda esta opresión, confusa y repentina, un tremendo empujón lo lanzó directamente a la puerta del lavabo. Aketza, sin saber muy bien por qué, encontró en aquel cartel que indicaba caballeros un gran alivio. Entró precipitadamente, sin pensárselo.

Todavía se sentía un poco mareado después del vómito. Al parecer la cena no le había sentado muy bien y el olor ya se había extendido por todo el habitáculo. Aketza se miró al espejo y vio su propio rostro desdibujado y pálido. Quizás debería irse a casa.

Cuando se dispuso a salir del lavabo, una chica muy sonriente irrumpió en el servicio de caballeros. Aketza se sorprendió de que una mujer entrara con tanta naturalidad en aquel espacio, técnicamente exclusivo para hombres. La chica entró sin percatarse de la presencia de Aketza, que la miraba confundido.

Aketza se dispuso a salir definitivamente de allí pero hubo algo que lo retuvo, algo que le llamó poderosamente la atención de aquella chica tan sorprendentemente descarada. Ahora la observaba con detenimiento. La chica estaba buscando algo dentro de su bolso. Parecía un poco desesperada. Aketza se vio reflexionando sobre la extraña situación en la que se encontraba: él, desorientado y aturdido, frente a una chica un poco alocada que buscaba algo dentro de su bolso en un servicio de caballeros. Por un momento pensó en marcharse pero, de nuevo, algo lo retuvo.

La chica sacó del bolso una pastilla blanca que tragó inmediatamente con un pequeño sorbo de agua. Luego, cuando aparentemente ya estaba más calmada, se colocó bien el pelo y se pintó los labios. Entonces Aketza se dio cuenta de que la chica era muy guapa. Se fijó detenidamente en los rasgos de su cara. Tenía una tez blanca, aunque las mejillas estaban enrojecidas. Su nariz era fina, el tabique era totalmente recto. Los ojos eran enormes, profundos y oscuros. Además las pestañas eran largas y tupidas y podían rozar con las cejas, perfectamente perfiladas aunque eran gruesas y también muy oscuras. Los labios eran sorprendentemente voluminosos y ahora estaban pintados de un color malva claro. La frente estaba cubierta por un minúsculo flequillo y una densa cabellera negra le caía sobre los hombros. Su cuerpo era frágil, delicado, cubierto por un vestido verde manzana que dejaba sus hombros al descubierto. Llevaba unas sandalias también verdes que dejaban ver sus talones.

De pronto Aketza se dio cuenta de que la chica lo estaba observando tan detenidamente como él la observaba a ella. Aketza se sintió ruborizado. Sentía cómo sus mejillas se iban poniendo coloradas progresivamente. Ella se acercó y sin mediar palabra le preguntó por qué la había estado mirando con ese descaro. Aketza se sintió vencido ante aquella osadía. No supo qué responder. Ella se excusó. Le explicó que había una descomunal cola en el servicio de mujeres, lo cual era de esperar, pero que había decidido entrar en el de hombres porque necesitaba tomarse una pastilla que le aliviase el dolor de migrañas que no la dejaba bailar. Aketza seguía sin abrir la boca. Sin embargo, ahora era por un motivo distinto: se encontraba ante una desconocida que no paraba de justificarse sin que él le hubiese pedido cuentas de nada. Si continuaba allí era porque había descubierto que aquella descarada le encantaba. Aquella chica tenía algo que conseguía fascinarle. Con ella sí era posible mantener una conversación interesante, ya que era divertida y se manejaba bastante bien tratando diversos temas. La chica en cuestión se llamaba Ainoa. Tenía 23 años, sólo tres menos que él, y estaba acabando la carrera de Económicas. Según ella, no era muy buena en lo referente a los estudios. Había repetido curso varias veces y actualmente lo había dejado para dedicarse a otras cosas más importantes para ella. Ainoa, al igual que Aketza, había nacido en San Sebastián y había vivido allí durante toda su vida. Ainoa contó que hasta hacía poco había estado viviendo con sus padres, pero que desde que empezó la carrera se mudó a un piso en las afueras de la ciudad con un grupo de amigas de la facultad. Él también le contó que tenía 26 años, que trabajaba como funcionario. Le encantaba sentarse a charlar con su madre tomando tranquilamente un café ya que él todavía vivía con ella. Pensó mudarse cuando empezó a trabajar, pero después de la muerte de su padre decidió quedarse con ella un tiempo. No quería que corriera riesgos. Ainoa no entendió muy bien por qué señaló que no quería que “corriera riesgos”, y pensó que no merecía la pena pensar en eso.

Estuvieron charlando un buen rato, sentados en el suelo y apoyados sobre los amarillentos y fríos azulejos de la pared, ajenos a los hombres que entraban y salían del lavabo y a sus miradas curiosas. Hablaron un poco de todo. Quizás hablaron demasiado, sin darse apenas cuenta de que se estaban enamorando. Quizás estaban muy a gusto juntos, arropados por sus propias palabras.

Aketza mostraba interés por conocer todo sobre ella. Estaba atento a que no se le escapara ni un solo movimiento de sus manos, ni un solo pestañeo, ni una sola palabra que saliera de sus labios malvas. Ya ni siquiera le importaban sus amigos, que estarían esperándolo en la barra. No le importaba la fatiga ni el lejano estruendo de la música ya que apenas conseguía escucharlo, tan sólo podía oír con total claridad la voz algodonosa de Ainoa. Ella hablaba sin cesar. Estaba encantada y fascinada a la vez de que alguien pudiera y supiera escucharla tan atentamente. En algún momento hasta se sintió avergonzada de que alguien la estuviera mirando tan fijamente a los ojos. Pensó que nadie nunca la había mirado tan profundamente. Se sintió tan a gusto con aquella mirada que no le hubiese importado estar toda una vida observando mientras era observada, dejando que los ojos hablasen.

Y siguieron allí sentados. Dejaron que los ojos, con la ayuda de las palabras, se comunicaran en el silencio. Nada importaba más allá de sus miradas, todo lo exterior era tan sólo una realidad lejana. Demasiado lejana y ajena para ambos. De pronto, Ramón, un amigo de Aketza que hacía rato que lo buscaba, irrumpió en el baño de caballeros. Ni siquiera se fijó en la pareja que estaba sentada en el suelo. Entró desesperado y al acabar, mientras se colocaba bien la camisa por dentro del pantalón vio a Aketza. Ramón se extrañó de verlo ahí sentado. Al principio creyó que le había ocurrido algo. Pero le sorprendió encontrarlo tan sobrio y, todavía más, el hecho de haberse llevado toda la noche sentado en el suelo de un cuarto de baño charlando con una chica. Ainoa se reía mientras que observaba a Aketza explicándole su situación y viendo cómo Ramón le preguntaba si se encontraba bien constantemente. Al parecer, Ramón había conseguido invitar a dos chicas a un cubata y había conseguido bailar unos 6 minutos con una rubia espectacular, que al observar su forma de bailar, típica de los años sesenta, lo había dejado plantado en medio de la pista de baile.

Ramón cogió a Aketza del brazo y tirando fuertemente de él lo condujo hacia la salida de la discoteca. Ainoa los seguía. Mientras que Ramón iba a recoger el coche al aparcamiento más cercano, Ainoa y Aketza esperaron en la puerta del local. No se dirigieron una palabra, se limitaron a mirarse. Los dos querían decirse muchas cosas. Cosas que los ojos únicamente no podían transmitir. Ramón tocó el claxon desde la acera de enfrente. Su sonido estridente sobresaltó a la pareja. En la urgencia del momento, Aketza se atrevió a pedirle a Ainoa su número de teléfono. Pero ella, antes de que él pudiera acabar la frase, replicó que prefería tener el suyo. Siempre tenía un montón de cosas que hacer. En cualquier caso, lo llamaría en cuanto pudiese . Aketza escribió su número de teléfono en el dorso del paquete de “Fortuna” de Ainoa y ella se lo agradeció con un caluroso beso de sus labios malvas. Cuando Aketza se subió al coche le pidió a Ramón que bajara las ventanillas ya que, ¿ no hacía demasiado calor para una noche de 3 grados de temperatura…?

Pasaron varias semanas desde lo de la discoteca y Aketza aún no había recibido noticias de Ainoa. Aketza pensaba en ella constantemente y por eso la espera se hacía más tediosa e insoportable. Era como si se la hubiera tragado la tierra. Además no sabía dónde localizarla, porque al pensar fríamente sobre la larga conversación que tuvieron, ella parecía guardar muchas cosas sobre sí misma. Ahora que lo pensaba detenidamente, ella sólo le habló sobre cosas que, en realidad, poco tenían que ver con su vida personal. No le había dado seña alguna de la zona sobre se encontraba su casa, el piso en el que estaba con su grupo de amigas, ni tampoco había señalado el nombre de la universidad en la que estudiaba Económicas. Al recordar una y otra vez la conversación, llegó a la conclusión de que no sabía realmente nada de ella. Lo más importante se le había escapado.

Una mañana, cuando Aketza regresó de dar una vuelta con Ramón por el centro, su madre le dijo que había llamado una tal Ainoa. No había dejado ningún teléfono de localización, ya que llamaba desde una cabina, y, según su madre, repitió varias veces que volvería a llamar. La primera reacción de Aketza fue de rabia. Luego, de desasosiego. No había calibrado hasta qué punto estaba enamorado de esa mujer. Le preocupaba no conocerla lo suficiente. Aunque a decir verdad, lo que más le inquietaba era ese modo de comportarse tan extraño. Era demasiado escurridiza.

Al cabo de unas horas, el teléfono volvió a sonar. La voz dulce de Ainoa sonó tímida a través del aparato. A Aketza el sonido de su voz le alivió del mal trago la espera. Ainoa quería verle, quería que quedaran esa tarde para tomar un café y, sobre todo, para volver a charlar… A las siete y media en punto apareció Ainoa por la puerta del bar donde habían quedado. Aketza estaba nervioso, y ansiando de ver de nuevo los ojos negros tan profundos de Ainoa. Ella se sentó a su lado y él la recibió con un caluroso “hola, ¿qué tal estás?”, y un no menos caluroso y largo beso que le hizo ruborizarse ante su propia osadía. Ainoa estaba como la última vez que la vio, sonriente y bella, como aquel día en el que se enamoró de sus ojos.

Charlaron de nuevo entre miradas y palabras. Siempre ansiosos por saber más cosas el uno del otro, siempre expectantes ante un pestañeo, una caricia, un beso… Fue una tarde completa y maravillosa para Aketza. Una tarde que podía haberse alargado toda una vida. Para Aketza la compañía de Ainoa le despertaba una profunda felicidad. Una felicidad íntima que se basaba simplemente en tenerla a ella enfrente, escuchar su voz y mirarse a través de sus ojos negros tan profundos.

Aketza se despertó a la mañana siguiente cuando un insistente rayo de sol se posó sobre sus ojos cerrados. La habitación se hallaba en penumbras a pesar de la luz que entraba por la persiana resquebrajada. Aketza miró alrededor y logró distinguir al fondo un pequeño punto de luz naranja. Al abrir los ojos vio que era Ainoa la que fumaba. Estaba desnuda, sentada en un sillón viejo y mal tapizado. Absorta, miraba fijamente la luz que se colaba por las persianas rotas. Su cara parecía distinta, como desdibujada. No parecía la misma Ainoa de quien se había enamorado. Ahora su mirada era distante y fría. Aketza se detuvo a observar la habitación, porque la noche anterior sus sentidos estaban en otras cosas más importantes. Era una habitación impersonal, demasiado vacía y solitaria. No había apenas muebles: tan sólo la cama, el sillón viejo, una pequeña mesita de escritorio y un armario bastante estrecho. Cuando Ainoa se percató de que Aketza estaba despierto, le pidió que se marchara, ya que sus compañeras de piso llegarían en cualquier momento y a ella no le gustaría que lo vieran allí. Ainoa parecía realmente preocupada y Aketza comprendió que lo mejor sería marcharse pues no quería causar un problema entre ella y sus amigas. Aketza se vistió apresuradamente y con los pantalones sin abrochar salió de la casa. Ainoa le despidió con un beso y justo antes de cerrar la puerta Aketza pudo divisar un chaquetón verde oscuro con rayas naranjas a ambos lados que estaba colgado de una percha. Aparentemente el chaquetón no tenía nada de especial, simplemente que el chaquetón era de hombre. Aketza lo sabía porque hacía unos años él mismo había tenido uno parecido.

Mientras bajaba las escaleras del piso y acababa de abrocharse los pantalones, Aketza pensó
detenidamente en todo lo que había pasado esa noche. Intentaba ordenar sus ideas y sacar algo en claro sobre Ainoa. Ya en la calle, se dio cuenta de que estaba en un barrio a las afueras de la cuidad. No entendió cómo la noche anterior no pudo fijarse en la dirección que llevaba el taxista. La verdad es que estaba muy oscuro y estaba mucho más atento a los besos de Ainoa que a otra cosa. Lo que ahora verdaderamente le inquietaba era aquel chaquetón de hombre allí colgado. No dejaba de darle vueltas. Se convenció de que hoy en día la ropa no tenía sexo. Pensó incluso que aquella prenda podría ser de uno de los novios de alguna de sus amigas. Pero, entonces, ¿por qué Ainoa tenía tanta prisa para que se fuera? No entendía la razón por la cual tenía que esconderse de ellas. Si era el novio de una de ellas… Al fin y al cabo, ellos mantenían una relación y no precisamente de amistad. ¿ Sería eso lo que Ainoa quería ocultar? Pero, ¿a quién quería ocultarlo? ¿ A quién pertenecía ese extraño chaquetón?

A partir de aquel día, los encuentros se hicieron más frecuentes, aunque nunca seguidos. Aketza siempre esperaba a que Ainoa lo llamara desde la cabina misteriosa y él acudía al lugar fijado para el encuentro. A veces, Ainoa se llevaba varias semanas sin dar señales de vida. Era imprevisible cuándo volvería a llamar de nuevo. A Aketza le costaba asumir aquel extraño comportamiento de Ainoa ante el compromiso que supuestamente ambos tenían. Parecía como si ella no quisiera ataduras de ningún tipo. Era como si sólo existieran unos determinados momentos para estar juntos, y siempre, esos momentos, los tuviera que escoger Ainoa. Y luego, cuando conseguían verse, ella siempre se excusaba con que había estado haciendo cosas muy importantes y que sería mejor que no se las contara de momento.

Aketza comenzó a dudar sobre el futuro de aquella situación. Era cierto que cuando estaba con ella automáticamente todas las dudas se evaporaban, pero mientras tanto, Aketza no paraba de preguntarse el porqué de aquella rara conducta. Aketza era de la opinión de que cuando dos personas mantienen una relación, lo normal es que deseen estar juntos el mayor tiempo posible. Es decir, lo que hacer el resto de las parejas cuando están enamoradas: ir al cine, salir juntos, ir a comer los domingos con los amigos… Por qué Ainoa no quería mantener una relación de este tipo con él. Estaba enamorado de ella, sí, pero le parecía tan tremendamente extraña su actitud que no sabía qué pensar de ella. Quizás Ainoa no quería comprometerse demasiado. ¿ Qué ataba a Ainoa?, o mejor dicho, ¿quién?

Una tarde, la cual era ya la novena que Ainoa no daba señales de vida, Aketza se armó de valor y decidió ir al piso donde había estado con Ainoa aquella noche. Después de dar infinitas vueltas perdido por las calles, encontró la entrada del piso. Antes de subir, Aketza se fijó en el buzón de correos. Al acercarse a la fila de cajas marrones y mohosas se dio cuenta de que la dirección de Ainoa no aparecía en ningún apartado. Aketza recordó que cuando estuvo allí bajó tres pisos de escalera. Buscó el buzón que correspondía al tercer piso. Había tan sólo dos casilleros, el tercero A y el tercero B. En el buzón del A estaba escrito el nombre de una familia: padre, madre y dos hijos. Aketza pensó que no debía de ser el tercero A. En el casillero del tercero B había un papel en blanco aunque en muy mal estado. Aketza apenas pudo leer lo que allí ponía aunque en una esquina del papelucho estaba escrito el nombre de un hombre o un chico: Egoíntza Larrelde. EL nombre estaba tachado con bolígrafo rojo. En el momento en que Aketza, extrañado, se disponía a mirar dentro del buzón, alguien bajaba por la escalera. En ese momento, vio a Ainoa hablando a gritos con un chico de su misma edad aproximadamente que la zarandeaba y apretaba contra sí cogiendola fuertemente del brazo. El chico llevaba puesto el chaquetón que Aketza vio colgado del perchero la noche que estuvo en el piso y en el que tanto había pensado. Aketza vio los profundos ojos negros de Ainoa y se dispuso a apartarla de aquel tipo. Pero cuando ella lo vio dirigirse hacia ellos le hizo un ademán de que no se acercase y miró hacia otro lado. El chico apenas se dio cuenta de esto y siguió empujándola hacia el exterior. Aketza los siguió hasta la calle y los vio meterse en un coche rojo. Todavía estaba Aketza de pie en la calle, asombrado por lo que acababa de ocurrir cuando doblaron la esquina de la calle. Aketza estaba confundido, estaba perturbado. Todo lo que tenía que ver con Ainoa le producía un enorme desconcierto. Se sentía tan perdido que no sabía cómo afrontar la situación. Decidió pasear.

La playa de la Concha estaba tranquila, a pesar de que el mar andaba revuelto de olas como su pensamiento. El cielo grisáceo se confundía con el mar también gris aterciopelado. Aketza apenas podía distinguir el horizonte. Sobre la arena un poco húmeda hacía bucles el vientecillo de la tarde y algunos papeles bailoteaban sobre ella. Aketza se sentía como uno de aquellos papeles. Lo que no sabía era qué mal viento estaba jugando con él. No podía pensar con claridad. La rabia y la impotencia que había sentido le atenazaba la cabeza y, por momentos, se rebelaba contra sí mismo por no haber reaccionado en el momento y haber apartado a Ainoa de aquel tipo o, por lo menos, haberle pedido explicaciones. Aunque una cosa era evidente: Ainoa ya estaba comprometida desde hacía tiempo. Tenía una pareja aun estando con él. Ahora Aketza lo entendía todo y cuanto más pensaba en ello más ridículo se sentía. Ahora entendía el porqué de sus llamadas misteriosas desde la cabina, el porqué no daba demasiados datos sobre su vida privada, por qué se tenía que ir tan deprisa aquella mañana, el chaquetón de hombre en la casa, por qué no quería que la localizara. Ni siquiera vivía con sus amigas de universidad. También en eso le había mentido. Aketza se sintió que un bocado en el estómago lo estaba consumiendo por dentro al comprobar que había desenmascarado a Ainoa. Tuvo que admitir que se había enamorado de una chica que le había estado mintiendo desde el principio. Desde que la miró a los ojos, esos ojos profundos y negros que creía que conocía, le habían engañado. Aketza estaba destrozado.

Pasaron varias semanas sin que Ainoa diese señales de vida. Aketza aún guardaba la esperaza de que al menos lo llamase para darle siquiera una explicación de lo sucedido. Volvió a justificarla. Quizás estaba avergonzada por su comportamiento, por haberla descubierto de esa forma. Sería mejor que lo llamara solamente para hablar. Necesitaba oír de nuevo su voz, aunque fuese una mentira, aunque no fuese real. No podía evitarlo. La quería y la necesitaba. Aunque él chico del chaquetón la esperara en casa mientras ellos se veían, no le importaba. Estaba dispuesto a aceptarlo. Sólo quería estar con ella y besar sus labios malvas. Sabía que podría perdonarle todo si la tuviera ante sí y viera de nuevo sus ojos negros tan profundos. A pesar, pensaba, de todas las cosas que Ainoa no le había contado y, sobre todo, de lo que habían estado haciendo cuando no se veían. Ya no creía en sus palabras pero sí en sus ojos. También pensaba que, de todas formas, él tampoco había sido muy sincero con ella, es decir, le había contado todo sobre su vida: su edad, dónde vivía, sus aficiones… Sin embargo, le había mentido en una única cosa, aunque lo hizo porque no tenía más remedio. Mintió sobre su trabajo. Aketza no era funcionario. Ni siquiera le gustaba mecanografiar papeles. Para él, su trabajo era mucho más importante que salvar archivos del disco duro. Su trabajo consistía en salvar vidas humanas. Aunque fuese con la cara tapada, sin poder mostrar el odio que sentía hacia aquellos que destruían sus ideales de libertad día a día. Aketza se sentía valioso, se sentía orgulloso de sí mismo por tener la valentía de mirar bajo la carrocería de un coche y palpar con sus temblorosas manos algo que podría haber matado a cientos de personas. Por esto era por lo que aún vivía con su madre. No quería que ella corriera riesgos con su presencia y quería mudarse cuanto antes. Lógicamente, este no era un tema que pudiera decir a todo el mundo, aunque debería habérselo dicho a Ainoa con anterioridad. Pero ya no confiaba en ella como para contarle eso. Era ella la que no confió en él desde el principio. Aun así, la seguía queriendo.

Eran las seis y media de la mañana cuando Ramón paró el coche en la puerta de la casa de Aketza después de una noche de guardia bastante intensa. Tuvieron que detener a un grupo de abertzales que se habían dedicado a quemar contenedores y papeleras. En esos momentos a Aketza le gustaría ser funcionario. Era asombroso ver a chavales de dieciséis y diecisiete años atentar contra sí mismos con tanta imprudencia. Esto era algo inexplicable. Al despedirse, Ramón le dedicó una sonrisa cómplice para que intentara no pensar en Ainoa. Ainoa, ¿qué haría ahora ella? ¿Estaría pensando en él? El día se demoraba en venir. Aketza pensaba en la taza de café que iba a tomar, caliente y sabrosa, que conseguiría mantenerlo despierto para poder acompañar a su madre al cementerio a primera hora. A ella le gustaba ir una vez al mes para arreglar un poco aquello. Encendió la luz de la escalera. De pronto, dos figuras negras, de las cuales sólo veía los ojos distantes, se acercaron en silencio. Sus cabezas estaban cubiertas por un pasamontañas. Se les podía oír la respiración trabajosa. Aketza conocía ese sonido. Lo sabía porque, al llevarlo todos los días, casi no podías respirar con aquella barrera que oprimía la respiración. De pronto, unas manos le apretaron fuertemente el brazo derecho y, con un pequeño movimiento le hizo caer al suelo de dolor. En ese momento, hincado de rodillas y dolorido, sintió un gran pinchazo en la espalda. Seguramente la habrían dado con un bate de béisbol. Un segundo pinchazo lo sintió en las piernas, aunque éste era más fuerte. Luego, un golpe seco en la cabeza. Parecía como si se la hubiera reventado en mil pedazos. Sangraba abundantemente. Se acercó la mano a la herida. Podía introducir un dedo por la brecha que aquel golpe le había producido.

Lo arrastraron por los brazos y lo llevaron hasta un coche. Arrancaron y Aketza se desmayó pensando en el café que debería haberse tomado y en Ainoa. La tarde anterior lo había llamado para verlo y explicarle todo lo sucedido. Quería quedar con él para pasado mañana en el café de siempre. Ahora Aketza posiblemente no acudiría a la cita. Ella repitió varias veces que le estaría esperando.

Estaba amaneciendo cuando sacaron a Aketza del coche. Había más gente, incluso discutían acaloradamente. Estaban nerviosos y acelerados. Temían que se hiciese de día y no hubieran acabado.

Aketza se puso de pie a duras penas, su pierna derecha no le respondía. Se alejaron de la carretera y se adentraron en un bosque contiguo a ésta. Le seguían más personas. No podía determinar cuántas. El terreno estaba enfangado y Aketza no pudo impedir el tropezar varias veces con las piedras que aparecían en el camino. Siempre lo levantaban zarandeándolo con fuerza mientras que lo insultaban. Aketza solo podía pensar en Ainoa. Ella le estaría esperando.

Cuando llegaron a una zona donde los árboles eran muy tupidos lo empujaron hacia el suelo. Aketza se quedó tumbado sobre unas rocas mientras que ellos discutían acaloradamente. Podía oler la hierba fresca por la escarcha que aún los primeros rayos del sol no habían podido derretir. No podía oír con claridad lo que decían, pero se insultaban y se zarandeaban constantemente. Aketza quería llorar, quería encontrar a Ainoa, decirle que la quería, que adoraba sus ojos negros tan profundos. Sabía que no volvería a verlos. Alzó la vista para mirar el cielo entre las ramas de los árboles. Entonces, se detuvo en un rostro cubierto por un pasamontañas. En un principio, no le llamó la atención, pero había algo en aquellos ojos que le llamaron poderosamente la atención. Lo levantaron del suelo. Aquellos ojos, lo único que podía ver de aquella persona que le apuntaba con la muerte, le eran muy familiar. Unos ojos que imprevisiblemente comenzaron a enturbiarse y a los que se les escapó una sola lágrima que se perdió tras la lana negra del pasamontañas. Unos ojos que él había mirado tantas veces, que creía conocer, que eran tan profundos. Los ojos de la chica que apareció una noche en el servicio de caballeros de una discoteca porque tenía migrañas. Aketza dejó que las lágrimas brotaran de sus ojos para dejar escapar la impotencia y melancolía que sentía en su interior. Sabía que Ainoa lo estaba esperando. Llevaba aquel chaquetón verde con rayas naranjas a los lados que vio colgado del perchero. Era ella, era ella la que lloraba y aun así no bajaba la pistola que le apuntaba la frente. Aketza susurró su nombre. A Ainoa le temblaba la mano que sujetaba la pistola, aunque no bajaba el brazo. En ese momento, uno de ellos se le acercó y la empujó al mismo tiempo que le gritaba que se acababa el tiempo. El día se les estaba echando encima.

Ella dudaba, temblaba, su brazo descendió unos centímetros pero al momento volvió a subir. Parecía que estaba decidida, que quería apretar el gatillo y acabar con esa mirada que la incomodaba demasiado. Quería hacerlo pero había algo dentro de ella que se lo impedía. En ese instante, Ainoa se acercó al oído de Aketza y le habló entre sollozos: Dime si eres capaz de morir por lo que piensas. Sólo contéstame a una pregunta y respóndeme con sinceridad. Dime qué harías si tu cabeza debatiese a gritos con tu corazón. Dime tú que me conoces, que sabes tanto de mí ahora, dime tú qué harías…Yo no sabía que eras tú, aun así me duele tanto. De todas formas, te estoy esperando.

Se miraron un instante dejando que los ojos hablasen. Alguien que estaba detrás de Ainoa se quitó el pasamontañas y Aketza vio al chico que aquel día bajaba las escaleras con ella que, de nuevo, la empujó para que se apresurara. En ese momento Ainoa apuntó decididamente con la pistola. Había dejado de llorar. Sus ojos eran ya distantes y lejanos. Ainoa apretó el gatillo con fuerza. Luego, se fue corriendo con los demás.

Aketza quedó tumbado en el suelo, con el pecho hecho pedazos, de donde brotaba una sangre roja que teñía la hierba verde de su alrededor. Todavía había un surco húmedo en su rostro, las lágrimas no se habían secado.

De todas formas, seguiría esperando a Ainoa…

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