La Idea De Huir

Auxi González - MAGA

Ángela abrió la puerta y se escabulló al interior del espacioso local climatizado, tan lejano a la meteorología invernal de la calle. Fuera las nubes oscurecían el día y el viento arremolinaba lo que iba encontrando en su camino: hojas de árboles, papeles, envoltorios. Pero allí dentro la luz cenital de las lámparas y el color de los paneles repletos de folletos la transportaban a otros lugares.

- Siéntese –la sobresaltó con cortesía una de las empleadas desde su mesa de trabajo-. Enseguida le atendemos.

Todos los sillones de la zona de espera estaban vacíos. Era lógico, ¿quién iba a tener ganas de planear un viaje en un día tan desapacible? Sólo daban ganas de quedarse en casa. Claro que Ángela no tenía muchas más opciones; ya por teléfono el jefe se lo había dejado suficientemente claro: la quería en Madrid cuanto antes.
Y allí estaba Ángela de nuevo, esperando sola, como siempre. Porque Ángela iba sola a todas partes: al ginecólogo, al salón de belleza, al Zara, al supermercado. De hecho, hacía mucho tiempo que Ángela no hablaba con la gente, quiero decir, hablar de verdad y no sobre el tiempo o cualquier otra insignificancia de la que se puede hablar con cualquiera si se presenta la ocasión. De hecho, tan individual era su existencia que nadie en el mundo sabía dónde se encontraba en cada momento o, aún peor, que a nadie en el mundo parecía importarle, ni siquiera a ella misma. En realidad a Ángela sólo le importaba dónde quería estar. Aún más allí sentada, donde una infinidad de folletos le prometía viajes a lugares que ella había visto sólo en las revistas: la India, Egipto, el mar del Caribe…

Había tantos sitios que Ángela se moría por conocer. Pero, ¿cómo lograrlo ahora, atrapada en un rosario de contratos eventuales y de etapas de desempleo y angustia económica? Además, ¿adónde iba a ir ella sola?
Aun con todo, Ángela no pudo reprimir el deseo de saquear el panel. En uno de sus casilleros encontró un folleto que vendía un crucero por el río Nilo, el cual estaba coronado con una luminosa fotografía en la que las grandes pirámides de Gizeh se recortaban contra un desértico cielo azul. Deir-el-Bahari, el valle de los reyes, Sakarah, Karnak, Luxor…, nombres que un día conoció al dedillo, mientras que la historia del arte se había contado entre sus asignaturas obligatorias. Ahora aquellos nombres le parecían palabras mágicas, pues al cabo de los años todos aquellos conocimientos habían sido barridos por otros más prácticos que le daban de comer.

Ángela, aunque era joven aún, hacía ya balance de su existencia con un desliz de amargura. Si bien aún le quedaban los suficientes sueños por cumplir como para mantenerse viva. Porque Ángela no estaba dispuesta a dejarse morir sin antes haber visitado alguno de aquellos paraísos terrenales con los que soñaba hojeando las revistas de viajes. Incluso ya sabía por dónde comenzaría. Comenzaría en África, pues pensaba que este era un buen sitio por el que empezar, al reconocerse como la cuna del hombre.

Los nombres que resaltaban en aquel folleto le parecían a Ángela aún más sugerentes: Serengueti, Ngorongoro, Kilimanjaro. Aunque más hermosas aún eran sus fotografías de doradas sabanas, de amplias llanuras, de guerreros masais vestidos de rojo, de cataratas, de cañones, de selvas, de playas paradisíacas.
- ¿Puedo ayudarla? –volvió a sobresaltarla la empleada, llamándole de nuevo la atención desde su mesa.

Ángela se le acercó ojeando aún el folleto, absorta en las cifras. En el fondo, realizar una visita programada a aquel pequeño rincón del África oriental no le supondría ningún esfuerzo económico: incluso se lo podía permitir, pues tenía el suficiente dinero ahorrado. Pero su jefe la quería en Madrid cuanto antes. Por eso de repente envidiaba la indolencia de aquel masai de la fotografía, sentado a la hirsuta sombra de una acacia.

- Buenos días –la saludó Ángela sentándose frente a ella.

- ¿En qué puedo ayudarla? –se reiteró la empleada esbozando la más amplia de las sonrisas.

La verdad, no creo que puedas ayudarme –pensó Ángela removiéndose en la textura fría del asiento de plástico.

- Si tuvieras viajes en la máquina del tiempo, quizá pudieras. Podría cambiar un par de decisiones tomadas en el pasado y ahora no estaría aquí mirándote la cara de boba. Estaría en otro sitio, seguramente haciendo algo mucho más excitante. Pero no creo que puedas servirme de mucha ayuda. Al menos, claro, que a mí me diera un siroco y me decidiera a empezar ese maldito viaje que nunca llega…

- ¿Se encuentra bien? –le preguntó la empleada con un tanto de desasosiego en la voz, como si temiera que Ángela se le fuese a desmayar sobre la mesa.

- Necesito hacer un viaje –contestó Ángela aterrizando de nuevo en el mundo real.

Entonces, al tiempo que uno de los clientes ya satisfechos abandonaba su silla, otro hombre abrió la puerta y entró en el local junto con una potente ráfaga de aire llena de basura que echó a volar la mitad de los folletos expuestos junto a la entrada. El hombre, delgado y envuelto en su enorme chaquetón, parecía un ser gris e insignificante, quizás tanto como ella misma.

- Me lo he pensado mejor, señorita –dijo tembloroso cruzando el resto del local y tomando asiento en el sillón vacante-. Me preguntaba si sería posible cancelar el vuelo que concerté ayer a Madrid.

- Claro, señor –accedió la empleada deslizando la silla hasta la computadora.

- En realidad, me gustaría hacer el otro viaje –informó él mientras registraba el bolsillo interior del abrigo, extrayendo de él el mismo folleto que Ángela sostenía en su mano, abierto por la misma página en la que estaba impresa la fotografía del guerrero masai sentado a la sombra de la acacia.

- Viajaría yo nada más –informó el hombre esbozando una leve sonrisa, mitad avergonzado y mitad satisfecho-. Yo solo –reiteró.

Entonces la mirada de ambos se cruzaron en la breve distancia de sus respectivas sillas, los dos escudados tras el mismo folleto, y Ángela supo en seguida que compartían el mismo dolor. De repente tampoco a ella le parecía tan descabellada la idea de huir.

0 Respuestas a “La Idea De Huir”


  1. Ningún Comentario

Añade un Comentario






ecoestadistica.com