Cuentecillo árabe
Olga Prados - Rota (Cádiz)
PRIMER PREMIO
V CONCURSO PROVINCIAL DE RELATO CORTO
DELEGACIÓN DE JUVENTUD – ILMO. AYTO. DE ROTA
Naywa era pequeña y morena como el pan de centeno, y entre sus pequeñas manos solo cabía el barro sucio, pero purificador. Cada día, así, construía con esas manos un mundo entero de callados e inexplicables silencios adormecidos entre las formas voluptuosas de jarras, búcaros y cacharros para las semillas.
Barro húmedo y espeso, que poco a poco se convertía en formas suaves y evocadoras, que luego contendrían algo en su interior. Naywa sentía que cada una de esas bellas formas que creaba estaban hechas para contener algo dentro de sí, bueno o malo, pero algo. No concebía ninguna de sus obras vacía, sin uso verdadero. Pero eso lo decidían los clientes que acudían a su pequeña tienda buscando los suaves recipientes que con sus manos creaba. El trabajo salido de sus manos lo usaban para guardar el ajonjolí, las ciruelas negras, el trigo o quizás hermosas y fragantes flores de azahar, incluso puede que una serpiente amaestrada. Naywa, sin embargo, encerraba en ellos, mientras los hacía, sus emociones de niña y la grandísima soledad que la rodeaba.
Tras cada jornada ente jarros y tinturas, se dirigía con pasos descalzos y silenciosos sobre el suelo de tierra fresca a su pequeña habitación para dar descanso a sus manos pequeñas y creadoras, alejándose del ruidoso zoco que empezaba ya a dormitar y de la voz nasal del muecín, que con su triste salmodia llamaba a la oración. Tras sus rezos, Naywa se desnudaba despacio y limpiaba, con un suave paño húmedo, los restos de barro pardo adheridos a su menudo cuerpecillo moreno. A veces le entraba la risa, porque al quitárselo de los mínimos pechos de niña o de la cintura, se imaginaba que ella misma era uno de sus jarrones, con las curvas suaves cubiertas de barro. ¿Qué podría contener ella? ¿ciruelas negras, granos de trigo, agua fresca? Se reía sola, imaginándose un búcaro repleto de jazmines, y su risa callada se perdía en la noche cálida, mientras ella soñaba. Las estrellas la observaban por la pequeña ventana encalada, velaban a la niña sola y tranquila.
Y llegaba, de nuevo, la mañana, que traía de nuevo el trabajo, y Naywa se perdía y se perdían sus manos, amasando curvas suaves y canturreando por lo bajo, hablando sola, y dando forma al barro de la cañada para secarlo al sol y luego darle color.
“Maynúmun, maynúmun”, le decían los niños del carnicero, cuando venían a traerle la sangre de cordero que utilizaba para pintar sus vasijas. Maynúmun, loca, la niña que habla sola, y lo contaban a las gentes en los baños y en el zoco. La niña que habla sola, que sola se cuenta historias y que de ellas se ríe. Maynúmun.
Naywa bajaba la cabeza y ocultaba sus lágrimas entre el barro, masticando sus tristeza, porque, ¿qué iba a hacer?. ¡ Estaba sola !. Hacía cacharros que pocos compraban, y además la llamaban loca. ¿Quién le hablaba a la niña sola? ¿Quién se inventaba historias, poemas, cuentos y canciones para entretenerla?. Ella. La loca. Naywa.
Alguna vez se había acercado a su tienda algún mercader, desoyendo los comentarios de la calle, que llamado por su juventud y por su tesón, había venido a proponerle matrimonio. La llamaban loca, pero sabía hacer cacharros hermosos y a la vista, parecía sana para concebir. No tenía familia y estaba sola. Sería feliz. Pero todos ellos se encontraron con su silencio, ella siempre seguía amasando el barro y con la mirada concentrada en su pequeño torno de pie. Los pretendientes salían, encogiéndose de hombros, de la tenducha, y a las matronas que los miraban, con cara jocosa, les decían para sacarse de encima la vergüenza del fracaso “ de veras esta loca, la niña alfarera ” . Y se alejaban, presurosamente, por la calle atestada de gente.
Ella no quería estar en una casa encerrada, haciendo comidas para un mercader ni pariendo a sus hijos. Además aquellos hombres le daban miedo, eran altos, enormes, de rostros secos y duros como viejos árboles, con voces fuertes y sonoras, rudos y maleducados. Ella solo quería la verdad desnuda del barro, la suavidad y sensualidad del modelado, los colores pálidos y amigos. Pero estaba sola.
Así que, un buen día, harta de su soledad, harta de ser maynúmun, se le ocurrió una idea nueva y brillante. No volvería jamás a estar sola, y jamás la volverían los niños a insultar, llamándola loca, maynúmun, Naywa, la que habla sola.
Esa mañana se dirigió a la orilla del río, y acarreó mucho más barro y arcilla de lo habitual, cuidando de que no se secara, manteniéndolo fresco y preparado. Iba a hacerse un compañero a su medida, un compañero de juegos y de diversiones, un amigo de verdad y para ella sola.
Primero moldeó un corazón hueco, y esa noche se encaminó al río, y mirando a la luna, le dijo con mucho cariño: “ Mama ‘Alqamaru ” , querida, pálida y nocturna, tú que siempre me has cuidado y has velado mis noches desde niña, dame una estrella pequeña, muy pequeñita, para darle calor al corazón de mi amigo. No quiero estar sola, por favor, “Mama ‘Alqamaru” , dame un corazón palpitante para mi amigo.
La luna, oyendo los ruegos de su ahijada, pues todos los niños huérfanos son pupilos de Mama ‘Alqamaru, le dio a Naywa una estrella chiquitita pero con mucho brillo, que quemaba un poco, pero a Naywa le dio tiempo a encerrarla deprisa dentro del corazón de barro nuevo que había preparado.
Le dejó azahares a la luna en el agua del río, porque Naywa sabía que a Mama ‘Alqamaru le agradaban las flores que tenía consagradas, y Naywa corrió a su pequeña casa a terminar el gran trabajo que había empezado.
Con esmero, y con la habilidad que el tiempo había dado a sus manos, comenzó Naywa a modelar el cuerpo de su amigo, con todo el cariño de una caricia, y con toda la ilusión de lo nuevo. Amasó su cara con barro fresco, y le puso dos pedazos de azabache en los ojos, para que tuviese una mirada negra y profunda. Con el barro pardo moldeó también sus hombros y su pecho suave, sus brazos y su vientre fresco, mientras ya, dentro de su pecho, latía ya su corazón de estrella jubilosa. Moldeó también sus piernas recias y hermosas, y sus pequeños pies y manos, perfectos y claros. Con negra tintura pintó sus cabellos y el vello de su cuerpo joven, y sonrió de repente, nacida ya la criatura del barro, creatura de las manos de Naywa, que le llamó, con los ojos llenos de lágrimas de felicidad, Nárun, que significa fuego, fuego como en el que fue cocido, fuego de su corazón ígneo de estrella.
Nárun la miró, con sus ojos negrísimos, y le sonrió. Naywa abrazaba el cuerpo de su amigo nuevo, la suave piel que ella misma había concebido, y besaba sus mejillas con gozo, y reía, y Nárun reía con ella, el hijo nuevo de Mama ‘Alqamaru, el hijo del barro.
A partir de entonces, mientras Naywa hacía vasijas, contaba cuentos a Nárun, y Nárun miraba a Naywa con sus ojos negros, y los ojos pardos de ella creían llorar de felicidad. Se querían y eran amigos, hermanos.
De noche, mientras se susurraban al oído y se reían quedamente, abrazados y juntas las cabezas frente a los juegos que se inventaban retrasando la hora de dormir, Mama ‘Alqamaru les miraba por la ventanita encalada y sonreía.
En el pueblo no pasó desapercibida la existencia de Nárun: los niños del carnicero se quedaban siempre un rato a jugar con él, y ya no llamaban loca a Naywa. Además disfrutaban escuchando las hermosas historias que entre los dos les contaban, historias de tigres, de jardines encantados, de reyes tristes y de hermosos palacios, de frescas fuentes y de naranjas doradas por el sol…
Iblis, el mercader, no dejó tampoco de percatarse de la presencia de Nárun. Le observaba cuando salía, con Naywa de la mano, a comprar al mercado, siempre los dos sonrientes y juntos. Y entonces Iblis, hombre rico y con posibles, quiso poseer también, para acrecentar su prestigio, al curioso niño de barro.
Así que un tarde que Naywa había ido al río a por más barro para las vasijas que ahora tan bien se vendían, el mercader Iblis se acercó a la pequeña tienda, encontrando a Nárun, el niño de barro, solo.
Iblis, con su aceitosa lengua, comenzó a embaucar al niño inocente, hablándole de juegos inimaginables, miles de cuentos escritos especialmente para él y Naywa, felicidad y alegría eternas. Además, si se iban con él, ya no tendrían que trabajar más el barro para poder comer, y serían felices en su gran casa, con todo el tiempo para juegos y diversiones.
Nárun, embelesado por las palabras hermosas de Iblis, sonrió y marchó con él de la mano, aunque con la preocupación de que Naywa no había regresado aún. “No te preocupes”, le dijo Iblis, “más tarde la mandaré ir a buscar a alguno de mis criados”. Dentro de sí, Iblis se regocijaba de lo fácil que había sido engañar al increíble niño de barro, que le sonreía mientras caminaban hacia la enorme finca del mercader.
Mientras tanto, Naywa llegó del río, cargada de barro y con una cinta de flores en la cintura. Traía una hecha para el cabello de Nárun, que se le cayó de las manos, al encontrar la pequeña casita vacía. Nárun nunca salía sin ella, y aún así ella le buscó en el río, en el zoco, en la calle y en la carnicería, donde los niños del carnicero le contaron, compungidos, que el mercader Iblis se había llevado a su hermanito de barro, pero que sin duda la esperaban en la gran finca de los naranjos.
Naywa, con sus piececitos cansados, se acercó hasta la señorial casa de Iblis, donde sus criados la recibieron a pedradas e insultos, llamándola loca, maynúmun, y ella no tuvo más remedio que huir, tropezando y llenándose la carne morena de heridas y verdugones. En la carnicería, Rasha, la buena mujer del carnicero, la curó y la consoló, pues Naywa no paraba de llorar. Era tan injusto… le habían robado su felicidad, a su hermanito, y ahora de nuevo era la niña sola y loca de siempre, pues no existía manera de recuperar a su hermanito perdido.
Iblis preparó una sillita de rica madera, vistió a Nárun con hermosas ropas, y le sentaba a su lado durante las ilustres visitas que recibía, y que admiraban el prodigio del hermoso niño de barro, que cantaba canciones con voz clara pero muy triste y que hacía llorar a las mujeres del harén, asomadas a las abigarradas celosías para escuchar sus canciones de tristeza de amor. Sus visitantes, entonces, felicitaban a Iblis por el magnífico gusto de la adquisición, mientras su pecho se hinchaba de orgullo y de engreimiento. Cuando Nárun le preguntaba a Iblis que cuando vendría su hermana, él le respondía, enfurruñado, que pronto, pronto, mintiendo a Nárun, que finalmente acabó comprendiendo gracias al mercader lo que significaba la mentira, y supo que jamás volvería a ver a su hermanita del alma.
Nárun lloraba y lloraba lágrimas de barro húmedo, y sentía en sus mejillas las caricias y los besos de Naywa, su hermanita, que se los enviaba desde la soledad de su tienda. Entonces, la estrella roja de su pecho comenzó, ahogada por la tristeza, a apagarse, y Nárun se quedó quieto e inmóvil, en su lujosa sillita, y ya ni se movía, ni hablaba, ni cantaba las canciones que a todos hacían languidecer de tristeza. Sus ojos de azabache perdieron el brillo que tan hermosos los hacía, y por mucho que Iblis le pedía y le suplicaba que volviese a hablar y cantar, la tristeza en él era tan honda que no podía articular movimiento alguno. La estrella de su corazón se iba apagando despacio…
Llegó, entonces, una mañana en la que Naywa sintió en lo más hondo de su alma que la estrella del pecho de su hermano había muerto del todo, y que el barro de su pecho estaba frío e inerte. El dolor la embargó de tal modo, que esa noche se encaminó hacia el río, cantando tristemente la canción que cada anochecer Nárun le había cantado para dormirla, y allí, bajo la mirada llorosa de Mama ‘Alqamaru, Naywa se ahogó, desnuda, ceñida sólo su cintura por una cinta de jazmines y azahares blancos, hundiéndose en el mismo barro del que amasó la piel de Nárun.
Las mujeres del pueblo encontraron flotando a la mañana siguiente el cuerpo de la niña alfarera con las flores, aún frescas e intactas, ceñidas a su cintura, y Rasha, la mujer del carnicero, que había querido a Naywa como una hija, amortajó en su casa su cuerpecillo y, con furia, desató de su cintura la cinta de flores blancas y se encaminó, acompañada de las mujeres, a la casa de Iblis, pues sabía que hoy sería visitado por el Príncipe Harun-Al-Raschid, atraído por la historia del niño de barro muerto de amor.
Rasha irrumpió con sus comadres en el lujoso patio donde Iblis celebraba sus reuniones, y donde, sobre un diván de suave terciopelo se reclinaba el hermoso Príncipe, que observaba consternado la fría figura de Nárun, en una pequeña camita de blancas sábanas.
Rasha, esgrimiendo ante los culpables ojos de Iblis la cinta de flores blancas, habló al Príncipe de la muerte de Naywa, la niña alfarera y huérfana, que para no estar sola hizo con sus propias manos un hermanito al que querer, y que el malvado mercader, con sus ansias de riqueza y de fama, le había arrebatado, y así a ambos niños también les arrebató la vida.
Iblis, en un gesto de miedo que resultó teatral, parecido a un escorpión que escapa de un animal más poderoso, escondió sus ojos pintados tras su túnica, y el Príncipe Harun-Al-Raschid se levantó lentamente, mirando con sus ojos sabios a todos los presentes: Rasha con lágrimas de furia en sus ojos, sostenida por las mujeres y apretando entre sus manos la cinta de flores blancas; Nárun, quieto, inerte, con lágrimas de barro ya secas recorriendo su rostro pequeño, y el mercader Iblis, que trataba de escabullirse de la escena entre los presentes y los invitados, y el cortejo del Príncipe.
Harun-Al-Raschid, sintiendo dolor por lo sucedido, mesó su fina barba con sus dedos largos y morenos, y tras reflexionar unos instantes, cerrando los ojos y moviendo al caminar sus blancos ropajes de seda, mandó apresar a Iblis, y pidió que le llevasen a la casa de Rasha, donde sus hijos velaban el cuerpo sin vida de la pequeña Naywa.
Una vez allí, cuando el Príncipe vio el sufrimiento con el que la pequeña cara de Naywa había quedado marcada al arrojarse a las aguas, entró en cólera y mandó despojar a Iblis de todas sus riquezas. Tras esto, ordenó también construir una hermosa barca de nobles maderas a los mejores artesanos de su corte, para depositar allí a los dos hermanos, que una vez juntos y envueltos en flores blancas, fueron enviados al agua del río, para que Mama ’Alqamaru los llorase y les llevase a una tierra más feliz.
Presenciaron el triste funeral tanto el Príncipe como sus cortesanos, las mujeres del harén de Iblis, ahora libres, Rasha con su marido e hijos y todo el pueblo. Todos, pues, pudieron presenciar como desde la hermosa barca, que se aventuraba ya río abajo, salía disparada hacia el firmamento una estrella azul, que sin duda había nacido del pecho de Nárun al sentir a Naywa a su lado, lo que fue comentado durante años, y sobre lo que se escribieron poemas y hermosos cantos en la corte de Harun-Al-Raschid. La nueva estrella, descubierta por los astrónomos de la corte, fue llamada Nárun, o “el amor truncado”, y se creó la leyenda de que protegía a los amantes que se jurasen amor eterno bajo su brillo nocturno.
Lo que nadie pudo ver la noche del funeral en el río fue como, silenciosamente, las manos de los niños se entrelazaban, ni cómo sus ojos se miraban, pues Mama ‘Alqamaru les había dado nueva vida a ambos, y había convertido a Nárun en un niño de carne y hueso. Pero ellos permanecieron tumbados en la barca funeraria, observando las estrellas y riendo su secreto, seguros de que realmente, se encaminaban a una tierra mejor, llena de cuentos y canciones, de juegos y de felicidad, y siempre, siempre, juntos.

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