Miróbriga - Marbella

Paseando por el parque Maria Luisa, en la ciudad de Sevilla, cuna del poeta Bécquer, se puede sentir en el aire la influencia del romanticismo y la extraña sensación de una mirada penetrante desde lo alto de la imagen del joven poeta desde su puesto vigilante e inmortal.
Incuba su ojeada, en el alma, un nido de mensajes que revolotean en tu derredor cual palomas blancas, palabras que se quedaron atrapadas en el espacio, versos de su boca revoloteando por el aire, activando el sentido del oído de aquellos receptivos caminantes, seducidos por sus poemas y por la pasión que desprenden aún hoy día, sus odas penetran en el corazón como penetran los rayos de sol entre las hojas de los árboles, haciendo halos de sombras y sol.
A veces, paseando por el jardín, ensimismados en los pensamientos de las duras batallas de la vida, en los avatares y la lucha diaria, se topa uno con personas relajadas, humildes y pintorescas, de esas que te abordan prestamente para reclamar algún menester. Te recuerdan en cierta forma a aquellos juglares de antaño que, por una dadivosa contribución, te alegran el alma con armónicas melodías, con laúdes y flautas, con guitarras y timbales, te regalan los oídos con expresiones poéticas y te hacen olvidar por unos instantes las preocupaciones de esta épica vida.
En ocasiones, cuando hago un recorrido por esas calles de tan magnífica ciudad, pienso si el poeta Bécquer pudo contemplar parecidos personajes, galochos, que zapatean las vías empedradas en busca de una moneda que poder gastar, quizá inspirase de algún modo su escritura, quizá reparase en sus vagabundas vidas y en sus formas de libertad.
¡Quién sabe!.
Yo sí, he de confesar que “aturdida” por la parafernalia y la altisonante forma de hablar de algunos “caballeros” y la arrogancia de algunas “señoras”, prefiero quedarme con las adulantes expresiones de los juglares, trovadores modernos que, al menos, la mitad de las cosas que dicen… son verdad, y eso es lo que os voy a relatar:
“Hubo un día de esos de calor extremo en pleno mes de agosto, en Sevilla, a 52 grados, un día muy especial, mágico diría yo a pesar del calor, uno de esos días que gustan mucho y que dan algo para recordar siempre.
Estaba caminando por las apetecidas sombras de la arboleda, del parque Maria Luisa, me senté a descansar unos instantes a los pies del poeta Bécquer, distraída, hablando conmigo misma, recordando versos sueltos de amor y tristeza cuando de pronto un caminante de esos que van guitarra en mano, acariciando las cuerdas, haciendo salir algún acorde sin sentido, se me iba acercando, me abordó para pedirme unas monedas, una le di sin pensarlo demasiado, su aspecto era digamos que un tanto lastimoso, despojado de dentadura en su boca posiblemente a causa de consumir alguna sustancia tóxica, con una delgadez extrema, con un hedor a descuidado, mal aseado en su cabello y barbas, su vestimenta estaba algo más cuidada que su pellejo, calzaba zapatillas de paño llenas de agujeros, su edad no sobrepasaría los 40 años, un aspecto penoso de esos que te hacen retirarte al verle venir, escapar con prontitud de su paso antes de que te pregunte pidiendo algo, pero, había algo de especial en sus ojos claros que me encandiló para escucharlo.
Entre repiqueteos de música que salían de su guitarra, y facundias locuaces, contaba el buen hombre que fue en sus tiempos un “individuo” de carrera, se notaba cierta verdad en lo que decía por el empleo del vocabulario en términos técnicos, por su forma de hablar y por sus conocimientos filosóficos, era muy educado en su trato, no concordaban sus palabras con su aspecto, sin saber por qué, y sin pedir explicaciones, con pocas expresiones dijimos mucho, el me contó su vida en los últimos tiempos, pausadamente, como si supiese que yo no me marcharía de su vera, le escuché todo el relato atentamente, entre razonamientos lógicos me confesó que tenía una enfermedad que estaba acabando con su vida, pero, en su confesión sincera, no debió advertir ni un atisbo de extrañeza en mis gestos faciales.
Se hizo un silencio abrumador por unos instantes, como si el tiempo se hubiese detenido de repente a la espera de alguna recriminación o algún consejo absurdo. ¡Dios me libre!. ¿Quién soy yo?. No se oyó ni una sola brisa, ni un gorgojeo de paloma, ni un sonido de fuentes, ni el bullicio infantil, tan solo se dejó oír un suspiro relajado que salió de lo más hondo del ser, una inspiración profunda, como absorbiendo el instante que nos envolvía, una mirada a lo alto, como a sabiendas de que aquél mágico momento no volvería a repetirse.
Reaccionó, el hombre, sacando un deteriorado bolígrafo y un trozo de papel de la riñonera que portaba en su cintura, sus dedos acariciaban el instrumento de escritura como si acariciase el cofre de sus tesoros, como si se tratase de las pertenencias más sagradas que portaba en su vida, y posiblemente así fuese, se dispuso a escribirme unas letras en el trozo de papel, era un poema cortito, pero entrañable, no le costó en absoluto cavilarlo, salió de su mente con toda naturalidad, como salen las aguas que fluyen de una fuente.
“”Todo huele a un silencio
dibujado en la madrugada
que tan siquiera le rompe
la verdad de la mañana.
Tengo el corazón partido,
en dos trozos, qué alegría,
uno para todos porque he querido
y el otro para Jehová
que siempre lo querría tener conmigo.” “
Con mucho cariño afecto y simpatía
para Pilar de Javier.”
Cuando lo hube leído saqué mi bolígrafo del bolso y un trozo de hoja suelta, me dispuse a contestarle con unas palabras personales y con otro poema, al finalizar de escribir se lo deposité en su mano con la promesa de que no lo leyera hasta que me hubiese alejado de su vista, le cambié su bolígrafo por el mío a modo de aquellos escritores antiguos que en reconocimiento de un buen escritor le regalaban sus plumas en señal de sumisión a su nobleza y sabiduría.
Aún tengo su bolígrafo guardado y su poema. Deposité mi bolígrafo en su mano junto con el escrito y me alejé de él.
“Amigo Javier, a pesar de mi aspecto yo también vivo sin vivir en mí, contando los días a la espera de que estos ojos cierren su etapa aquí en esta tierra, no me preocupa demasiado el desenlace, comparto tu inclinación por lo espiritual y me preocupa perder también la amistad de Jehová porque entonces………. ¿Qué nos quedaría?.
“Si en tu corazón
tierno y atrevido,
me encontrase alojada,
no quisiera ver más mundo
si no a través de tus sentidos,
que siendo mi alma envenenada
por el embrujo de tu recuerdo,
condenada soy a vivir
en tan envidiable nido”.
Nunca olvido sus ojos claros, aunque su aspecto y su mendicidad dijesen lo contrario parecía tener una paz interior serena e inusual.
Quizá ya esté muerto.
¿Quién sabe?.
Quizá siga pidiendo por ese parque.
¿Qué más da?.
Me pareció que era un ser extraño, pero entrañable, como venido de otro tiempo, pero familiar, emergió en un lugar mágico, en un una situación que invitaba a pensar en cosas espirituales, apareció en un íntimo momento de reflexión, bonita combinación.
Es curioso, cuanto más cerca tenemos la transición, cuanto más claro vemos los últimos días, cuando más angustiados estamos por los padecimientos, algo renace en nuestro interior que nos vuelve más sensibles, más tolerantes, éramos en ese instante tres seres (aunque uno en imagen) aquejados de morbos incurables, pandemias del siglo en el que nos ha tocado vivir, hablando de sueños e ilusiones, hablando de ternuras y amores, hablando de tristezas y soledades… de la vida en particular.
Como dijo el poeta: No nada más triste que una persona joven muriendo sin una lágrima de mujer. ¿Quién cerrará nuestros ojos?. ¿Quién dirá una oración por nosotros?. ¿Quién nos recordará cuando hayamos muerto?.
Estas pequeñas anécdotas hacen que una persona sensible se sienta, en los momentos de inquietud, un poco más relajada.
Hay seres inertes y eternos, sin boca ni oídos, parecen hablarnos por medio de sus obras perdurables escritas, trasmiten pensamientos etéreos, rocas elevadas perennes moldeadas por algún escultor enamorado de su intelecto, vigilantes eternos en su pedestal. ¿Cómo olvidar?.
Hay quien pernocta en los parques, hay quien con mal aspecto y sin dentadura que hermosee su boca dice cosas hermosas y verdades abrumadoras, hay quien con mala salud y harapiento transmite tranquilidad y bienestar……….. hay quien se conforma únicamente con vivir, de todas formas hace falta muy poco para ser feliz

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