Iván Humanes – Cornellá de Llobregat
Juan nunca se atrevió a decirle a Verónica que no la amaba, tampoco todo lo contrario. Pese a las confidencias que tuvo que soportar de su sombra de mujer entre cena y cena, la incomodidad de los secretos que ella murmuraba al oído de su sombra de hombre en los bancos de madera del parque, y pese a los días consumidos viendo besos de sombra -sombras y más sombras- en cualquier portal, parada de autobús o ascensor utilizados para “eso del amor”, él nunca creyó conveniente revelarle que la amaba. O que no la amaba.
Fue él quien encontró las manos de Verónica agarrándose a su brazo para sujetar su resbalón y su tacón roto en las escaleras de la iglesia, años atrás. Era semana santa y todo olía a cera y a llama.
-¿Tu también rezas? –preguntó Juan inocentemente, ayudándole con el zapato izquierdo.
-Sí. Aquí hay poca luz y tengo un respiro.
Él desconfió porque era de espíritu desconfiado con las mujeres que no eran lo suficientemente guapas, dado que sus sombras, al conocer la condena física de la fealdad, estaban desesperadas por encontrar pareja. Y echó un vistazo atrás, antes de entrar, y temió porque el resbalón hubiera sido una excusa intencionada. No se equivocó. Vio su condena bien clara, besándose con rabia la de él y la de ella, como nunca lo había hecho: dos bocas de sombras se agarraban de los labios sin sentido, como en un juego chinesco.
-No nos saldremos de esta. No la vi. Lo juro, yo creía que aquí no había peligro… -se excusó Verónica llorando.
-Tranquila –le contestó él, ajustando en el dedo su anillo de casado-. Últimamente la mía juega demasiado, es pasajero.
Entraron a la iglesia, a esconderse de la pasión y a rezar un poco. Al acabar el padrenuestro de rigor se separaron. Él estaba seguro, lo dejó claro entre cada murmuro de rezo. “No puede ser y no será, y eso será así porque yo soy muy hombre, ya veremos, ya…”. A ella le daba esa impresión pues su voz, pese a lo ocurrido, en ningún momento decayó. Altivo, con la barbilla mirando al cielo y la cara serena, de hielo, repartía con sus labios rezos al altar, al confesionario, a la boca de ella cuando, pese a reprimirlo, no podía hacer otra cosa que mirarla y mirarla. Tras los ruegos se dijeron un adiós entre dientes y sin mirarse a los ojos, evitando confusiones.
En la calle, después del paso del Cristo de la Santa Espina y de dirección al bar, el sol se empeñó a iluminar más que nunca, y dio en el pecho de Juan, sacudiendo amores, y entonces su sombra se hizo el doble de alta y de grande y de fuerte, y tiró de él sin clemencia. Caprichosa, le hizo pasar por un parque repleto de carritos de bebé, varias obras en construcción y un lago sucio de barro, hasta llegar a la taquilla de un cine donde Verónica sacaba una entrada para ver una película de Audrey Hepburn.
Fue inmediato, la sombra se acercó con sigilo a Verónica y esperó a que saliera de la visera de plástico de la taquilla para que su compañera apareciera y así engancharse a su boca oscura. A partir de aquí ya se sabe: todo es una locura cuando dos sombritas se van agarradas de la lengua a pasear; los mortales, los mortales, bueno, los mortales, nada, mortales son. Manchadas por la pasión dictaban el ritmo de la vida de la pareja: besos, cariños y susurros de sombra. Imposible evitar, pese a que lo intentaban, que ellas no despertaran y, sabiéndose vivas, tiraran de los corazones.
Era una quimera que Juan lograra evitar los impulsos de ella, un sueño lograr siquiera unas vacaciones o unas semanas que le alejaran de Verónica. Sin poder despegarse, en un terrible juego de necesidad, pasaron veinticinco años con sus nueve mil ciento veinticinco días y pico desayunando, comiendo y delirando en mesas alumbradas, pegados siempre a la luz del día, a las velas y las farolas de la noche. Y él procuraba apartarse poco a poco, sin hacer mucho ruido de la luz; en silencio movía la silla, nada… Siempre al lado de ella. Sin evitarlo.
Un pequeño éxito se convertía en un fracaso monumental. Si lograban apartarse durante unos minutos porque las sombras se dormían, se enfadaban en sus discusiones de pareja o simplemente se despistaban, después ellas volvían más locas que nunca a buscar su reflejo negro. Él no pudo hacer nada más que quitarse el anillo de casado en el dedo y acabar con su voz altiva, de hombre seguro. Ante tanta ausencia en casa, su mujer arrojó el anillo al cielo y firmó una separación escandalosa. Él arrojó su voz de hombretón al infierno y pasó a hablar como un tonto sin solución, sin nada más que conformarse con su pena y descubriéndole a Verónica la verdad: que él jamás fue un hombre seguro de nada.
Nada es seguro entre Juan y ella, lo que sí es evidente es que fue ella quien miró un día de verano a la espalda de Juan, y vio que la sombra de él había desaparecido, que detrás suyo tampoco había nada.
“Habrán ido al Caribe, a morirse de sol”, pensó sin hablarlo.
Volvió la vista, segura. Caminó sonriendo y callando la verdad, sin comentar la ausencia y mirando de reojo, contenta, a los ojos de Juan, evitando respirar para que él no se diera cuenta del descubrimiento.
Y es posible, con más o menos razón, suponer que, quizás, Juan no ame a Verónica. O que quizás la ame febrilmente. Pues fue él quien negoció todo lo negociable con las sombras para que se fueran lejos y para que ellos se quedaran solitos y pudieran ir sueltos por la vida, cada uno por su lado, sin tenerse que soportar, separados y sin condena.
Aunque eso sí –y ahí se plantea la duda-, pese a los años transcurridos desde entonces, entre hijos en común y nietos por llegar, él todavía no se ha atrevido a decírselo a ella.

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