Luis A. Martínez – México
Cuando la vi tan cerca,
Maravillosa
en toda la magnitud de su calcio consonante
-armadura y esqueleto-
de sus vocales curvas,
Ya no quise conocerla.
Debía sus pestañas juntar
o mirar al Sol -su espejo-
para rodearla sin miedo.
Ilusionado de ver bajo su lienzo
el cálido cofre de su artificio milenario
-consumista de rapsodas-
Perfecta Imagen de históricos amores levantada,
Debías dormir
para rodearte sin miedo
y atar mis versos a tus piernas,
Sentirme así digno de tu pisada
en el suelo de los vulgares.
No duermes,
Vigilas siempre las viñas
Donde tus coplas selectas dominan sobre la
Vid.
-Señuelo Cruel-
Del labrador entregado a tu satisfacción,
De fecundas mentes obligadas
a escribir sobre los tallos de tus tierras.
Haces de ellos,
-haces de mí-
Nitratos a tu inmortalidad,
El anzuelo exquisito
para espolear el cadáver
una vez cruzada
la invisible línea de tus terrenos.
Tus terrenos,
Tu carne,
Da igual
pues gimes por el orgasmo
de aquellos a quienes tus labios
ocupan sin discriminar.
-Bastarda Versoservidora-
No te importa sea la vulva pueril
o el falo seco de su padre.
Matas por igual,
Basta un diente de curioso para despojarles el alma
y ensenártela
en ofrenda por la gloria
de un fútil poema
que será también su epitafio.
Habrá quien desee morir en tus entrañas,
Satisfecho peón del Arte
-estricto-
de yuxtaponer la carne con el hueso
sobre claros reticulados
Sin embargo,
Soy yo quien dice lo que es el vientre:
La bota de cuero donde bebo los sueños
en ti depositados por toda la humanidad.
Soy yo quien te define,
Puta Suprema,
Una especie de poesía.

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