Archivo de Octubre, 2007

Por La Lectura

La Sociedad General de Autores ataca de nuevo.
Escrito y firmado por José Luis San Pedro, escritor, filósofo y buena gente.

Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un Maestro Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos. Sus “clientes” éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May.

Muchos años después hice una visita a un bibliotequita de un pueblo madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo. Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y veces también ellas quedaban prendadas.

Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos. Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios enfermos fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en reconocimiento a su labor en favor del libro.

Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para resarcir -eso dicen- a los autores del desgaste del préstamo. Me quedo confuso y no entiendo nada.

En la vida corriente el que paga una suma es porque:
a) obtiene algo a cambio.
b) es objeto de una sanción.

Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y fomentar la lectura?
Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación?
¿Acaso dejaron de cobrar por el libro vendido?
¿Se les leerá menos por ser lecturas prestadas?
¿Venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos?
Pero, sobre todo: ¿Se quiere fomentar la lectura?
¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos?
No entiendo a esa Europa mercantil.
Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra.

Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña.

¡NO AL PRÉSTAMO DE PAGO EN BIBLIOTECAS!
José Luis Sampedro

Reina Gris en Ciudad Crepúsculo

Gustavo Marcelo Galliano, Argentina

Reina Gris gobierna,
Ciudad Crepúsculo observa,
la miel, la mies, la piel,
todo ofrendado a ella.
Baila Reina Gris,
baila decadencia,
que hoy tu infiel estirpe
al fin ya no procrea.
Ríe Reina Gris,
sin bufones ni Corte,
la suciedad de tu reino
sentenciando te absorbe.
Ríe Reina Gris,
ríe y alecciona,
que en tu reír bastardo,
la urbe no da loas.
Jadea Reina Gris,
revuélcate en tu odio,
que el carrusel del olvido
no gravará tu historia.
Estalla Reina Gris,
propagadora del mal ,
en tu paso pestilente,
de catadora seminal.
Solloza Reina Gris,
nosotros lo imploramos,
esclavos de tu lujuria,
por debilidad, esclavos.
Resígnate Reina Gris,
sin súbditos ni huestes,
nosotros, tus burlados,
reiremos de tu suerte.-

Mala Espina

A la luz, siempre.
Sandra Rubio

LLEGAS,
desprovista y descastada
y es tu cuerpo desvestido
bicicleta vetusta
mariposa ardiendo
hembra gitana.

Regresas,
sibilante, sil, silvina
a comerte con los ojos las paredes
y emponzoñarme con tu risa
[temprana]
que es caricia seráfica,
sueño de impúber,
(nada).

Te entretienes,
me puedes y me juegas
con pretendido abandono

eriges una cuna
de apagados retazos
donde mecer
(con plata viva)
mis ausencias

un instante sólo,
antes de marcharte.

Compongo
una jaula en sombra
[con mis manos]
para guardar las raspas que dejaste.

Fugitivo

Jenny Levine - México D.F

Es sólo una equivocación.
Marcar el sendero de la acequia y caminar sin problemas.

Todos los recovecos de la vuelta y revuelta del escondido
y sus futuras sensaciones de las tierras húmedas donde se sienta
son la paranoia de los sueños ya muertos que yacen
al frente de toda filosofía.

Es ahí, cuando el procedimiento comienza a elaborar el caos,
el coraje toma del río y olvida su ira
y la artificial población mira desde lo alto
la jaula que aún no existe.

Sí, es ahí, donde las escobas pierden su ánima,
las cerdas agonizan y las palmas de las manos ya lloraron.

El fugitivo, a oposición de esencia,
vierte el agua del río en la tumba.
Es cuestión de espera y cuando las paredes huyan
sólo quedará bosque.

Al final, este será el único testigo del tardío cuerpo
que tiende la tierra.
Una razón más, una menos. Tiempo.
Cuando el río se seque,
el cuerpo será agua.

Y los recovecos ya no tendrán dónde esconderse.

Reversible

José Naveiras

La ropa ya no es reversible.
Las historias ya no sirven para ser contadas.
La lluvia volverá a recorrer mejillas.
Pero mientras el dolor.

Vencida, por el tiempo, arranca las nubes de su cuello.

Las noches ahora tienen un final
Los incendios se los comieron los peces muertos
Los gritos callan las esperanzas
Pero aún el dolor

Rotos, los poros arrancan los sueños.

La humedad se convierte en miles de calvarios
La sonrisa es un espejo oxidado
La sombra no quiere mirar la verdad
Pero incluso el dolor

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