Carolina Uribe - Murcia
Leonardo contaba diez años por aquel entonces y, como todo niño que se precie de serlo, contaba también con la curiosidad, característica propia de su edad. Durante días, anduvo preguntándose el significado de algo que escuchó a escondidas tras la puerta de la habitación de su hermano mayor cuando éste hablaba con un amigo: “hacerse unas pajillas”. La duda le corroía, y al cabo la quemazón era tan grande que harto de preguntar y no obtener respuesta, decidió por sí mismo averiguar todo aquel misterio. Las únicas pajillas que conozco, se decía pensativo, son las de sorber el batido. ¿Qué misterio tendrán?
Una noche, sintiéndose como el héroe de sus dibujos favoritos, y también teniendo la certeza de que estaba haciendo algo mal, certeza típica de quien hace las cosas a hurtadillas –pero sabiendo que su familia dormía-; se deslizó silenciosamente por la cama hasta salir de su habitación, atravesó el comedor, y llegó sin hacer ruido hasta la cocina. Con cuidado abrió los armarios, rezando para que no chirriaran. Cogió de una caja de plástico un puñado de cilindros alargados y con el mismo sigilo de antes, esta vez doblemente excitado y tenso, regresó a su habitación.
Una vez en el dormitorio, cerró suavemente la puerta tras de sí, dejando escapar un suspiro. Se sentó en la cama, depositó las pajitas sobre la colcha y las contempló, perplejo. Le resultaba extraño que aquellos objetos que sostenía en sus manos causasen tanto cruce de miradas, siseos y malas contestaciones entre sus padres y hermanos, a quienes bombardeaba a preguntas sobre el tema. Entonces alzó una de ellas con los dedos pulgar e índice. La miró. La apretó. La mordió… Nada. No ocurrió absolutamente nada. Se enfadó consigo mismo por la congoja que había sentido anteriormente al cometer el hurto, y se preguntó si entre todos no le habrían gastado una broma haciendo avivar su curiosidad mientras se burlaban de él. Se sintió estúpido. Obcecado en su empeño, decidió hacer una última intentona: se introdujo una de las pajillas en el pabellón auricular y presionó levemente hacia el interior del conducto auditivo externo, notando una sensación indescriptible que le producía inmenso placer. Le pareció que también sentía dolor, que de alguna forma estaba ahí presente, que existía, pero de algún modo extraño que Leonardo no alcanzaba a comprender, aquel dolor le gustaba. Emocionado por este nuevo descubrimiento empezó a pensar que tal vez sí había algo más detrás de aquella historia de las pajillas. Hizo lo propio con otro cilindro: introducirlo en la otra oreja y presionar. Aquello le producía cada vez más placer y sin que supiese por qué, su virilidad se irguió. Comenzó a alterar los intervalos de las presiones, acometiéndolos cada vez más breves, frecuentes y aplicando más fuerza. Sus oídos empezaron a sangrar, pero él, ofuscado como estaba en su propio éxtasis, ni siquiera lo notó. En cambio, si se dio cuenta de que su miembro estaba cada vez más húmedo. Decidió sacarlo de entre su pijama. Metió la mano, y lo sujetó fuertemente mientras empezaba a juguetear con él. Visiblemente turbado por la excitación, se olvidó por completo que aún tenía aquellos instrumentos en sus oídos, dedicando su máxima atención a aquel miembro erecto. Con cierto temor, deslizó de entre sus dedos a la uretra una de esas pajillas, queriendo descubrir otra nueva sensación. Fue ésta tan excitante que el pequeño Leonardo eyaculó al instante. Pero aún así continuaba altamente excitado, así que continuó introduciéndolas por la uretra; presionando hacia el interior con fuerza. Ahogó un grito mientras sus fluidos volvían a salir despedidos cubriéndole parcialmente las manos. Leonardo sudaba sentado en su cama de Spider-man. Le temblaba el cuerpo. Aquello era hacerse unas pajillas. Se lo habían ocultado pero ahora lo había descubierto y ya no habría nadie que pudiera impedirle este gozo. Rápidamente se quitó los pantalones y se desvistió. Todavía seguía estimulado y de nuevo sus genitales aumentaban. Se contraía su recto mientras se atravesaba el esfínter con un canutillo, dos, tres, cuatro… y hasta cinco. Adoraba esa vivencia y no deseaba para por unas pequeñas molestias que sentía. Y así, una tras otra, fue embutiéndoselas todas…
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< Niño de diez años es hallado muerto en su habitación. El cuerpo se encontraba bañado en sangre y cubierto de objetos cilíndricos de PVC, conocidos más comúnmente como pajillas; instrumento que sirve para sorber cualquier tipo de líquido. Al parecer, las tenía fuertemente clavadas en todos los orificios posibles de su cuerpo: en los ojos, en las fosas nasales...>> << Informe Médico Hora de la muerte: 06:36 h.
Causa de la muerte: Auto mutilación. Suicidio Premeditado.
Antecedentes médicos: No se han encontrado. Aunque los progenitores están siendo investigados, entre las hipótesis que se barajan, la más probable es que el sujeto sufriera algún tipo de esquizofrenia, posiblemente del tipo paranoide, que...>>

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