Archivo de Diciembre, 2007

Chambao - Papeles Mojados

Album: Con Otro Aire

chambao

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LETRA
Miles de sombras cada noche trae la marea,
navegan cargaos de ilusiones que en la orilla se quedan.
Historias del día día, historias de buena gente.
Se juegan la vida cansaos, con hambre y un frío que pela.
Ahogan sus penas con una candela,ponte tu en su lugar,
el miedo que en sus ojos reflejan,la mar se echo a llorar.

Muchos no llegan, se hunden sus sueño papeles mojaos, papeles sin dueño Muchos no llegan se hunden sus sueño papeles mojaos, papales sin dueño

Frágiles recuerdos a la deriva desgarran el alma,
cala to los huesos el agua los arrastra sin esperanza.
La impotencia en su garganta con sabor a sal,
una bocanada de aire le da otra oportunidad.
Tanta noticia me desespera, ponte tu en su lugar,
el miedo que en sus ojos reflejan, la mar se echo a llorar.

Muchos no llegan, se hunden sus sueño papeles mojaos, papeles sin dueño Muchos no llegan, se hunden sus sueño papeles mojaos, papeles sin dueño

Muchos no llegan, se hunden sus sueño papeles mojaos, papeles sin dueño
Muchos no llegan, se hunden sus sueño papeles mojaos, papeles sin dueño

Amalgama 15

Amalgama 15

CUENTOS Y RELATOS

1. ¿Tomamos el Té o Nos Suicidamos? – Marcos Winocur
2. La Aldea Blanca – Ángeles Charlyne
3. El despertar de los Cirujas – Edgar Scout
4. Fuego – F. Javier Gallardo
5. El Sonido del Silencio – Prudente Arjona
6. Bisturí Para el Alma – Lola de la Riva
7. Jacinto – Rosa Lozano
8. Vístanse de inocencia y Humildad – Mirobriga

POEMAS

1. Del Paraíso Perdido – Facundo Jiménez
2. La Fabrica de sueños y El Niño – Oscar Bibrian
3. El ultimo Nombre de la Ausencia – José A. Romero
4. Poema 3 – Carolina Contino
5. Saltando por los tejados – Eva Águila
6. poema – Jaime Sanz de Acedo
7. Me – José Navieras
8. Nada – Julio Cesar Toledo
9. 12 – Marshiari Medina
10. Aherrojada a mi vida – Auxi González
11. La Mano que Meció Nuestra Cuna – Silvia Spinazzola

MISCELANEA

1. Del Esbozo a la Obra el Camino se Hace de Rodillas – Marcela Pedrieri

DEL ESBOZO A LA OBRA EL CAMINO SE HACE DE RODILLAS

La Columna Del Taller
Marcela Predieri - Argentina

Un cuento, un relato, una novela comienzan a gestarse cuando una experiencia o una idea en nuestro interior pide a gritos ser contada. Pero esto no es suficiente. El camino, como bien lo expresa el poeta Vladimir Holan en el verso que da título a esta nota, es penoso. No sólo por el trabajo que conlleva sino porque muchas veces la obra -aun cuando sus verdaderas dimensiones no sean comprendidas hasta mucho tiempo después de escritas- llega a trascender al autor y su época.
Una obra literaria, dice Silvia Kohan, es la “transformación de un hecho rutinario y trivial en un hecho metafísico”. Esta exigencia nos obliga a hablar del hombre, de lo que somos y sobre todo de qué y cuánto somos capaces de hacer. Ahora bien, si a esto le sumamos la definición de James Joyce: “El arte es la configuración de lo intelectual y lo emocional con un fin estético”, entonces puede verse a la obra también como ofrenda y como tal debe hacerse de rodillas.

Tengo una idea. ¿Cómo la narro?

Las historias crecen como maleza en los cuadernos de los que recién se inician en el arte de narrar. Muchos aficionados se acercan a talleres literarios o participan en concursos creyendo que han escrito un cuento pero lo que han hecho en realidad es plasmar sobre el papel una experiencia, una anécdota, apenas el borrador de una idea sobre la que podrá escribirse algo que aun no tiene forma y que sólo después de trabajado será un cuento, un relato o quizás una novela.
Sábato ha señalado que “las ideas no aparecen en estado puro sino mezcladas a sentimientos y pasiones”, por eso todo escritor con oficio sabe que estas ideas deben hacerse germinar muy lentamente. Y es aquí donde aparece el verdadero compromiso con la creación literaria, donde surge la vieja lucha entre trabajo e inspiración.
A partir de este momento decenas de versiones comenzarán a competir por su subsistencia hasta que una y sólo una se desarrolle y consiga abrirse paso gracias a su solidez. La búsqueda y la reflexión habrán alcanzado su meta: desarrollar un tema a través de una trama eficiente, y eso lleva tiempo.
“Qué máquina tan difícil de construir es un libro, y sobre todo qué complicada…,- decía Flaubert a Louise Colet en sus cartas-, Avanzo a paso de tortuga, esto me desespera (…) La semana pasada tardé cinco días en hacer una página…
La diferencia entre una persona que escribe y un escritor es que la persona que escribe lo hace para sí, aunque lo muestre; el placer que le proporciona la escritura y un narcisismo desbordado lo encierran en soledad. El escritor, en cambio, no está solo; siente la presencia del otro, de aquel lector ideal a quien tiene en tan alta estima y sabe, que para que pueda ponerse en contacto con él, hace falta el análisis de distintas técnicas literarias que potencien su relato.
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La Mano Que Meció Nuestra Cuna

Silvia Spinazzola “Silsh”, Argentina
web: http://www.silsh.com.ar

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Sobre arenas movedizas del absurdo
me reconozco entera.
Y esa ola que cumple puntillosa con su rito
moja los pies empapa el hueso
con la culpa salobre que mastica
su ingrávida porción de juventud.

Se cuela distraída al raspar la memoria
ahoga nos sumerge de vez
en vez enrarece el aire

busca el hueco del árbol
donde asir su destino.

Siempre está allí con sus ojos de agua
atravesando huellas.
Génesis del tifón.
Algo de mí se queda en esa cuna
que se mece retorna
sin saber cuándo descubrió el mar
ni cómo fue arrastrada hacia la orilla
pero moja los pies empapa el hueso.

¿Dónde está ese horizonte
que nos marcó en círculo?

navegantes eternos de las sombras
que aún buscan su luz en un cajón.

El Despertar de los Cirujas

Edgar Scott

“¿Recordaría su nombre? ¿Recordaría –se preguntó, Dobal– que alguna vez fue un chico como cualquiera?” “Porque nadie nace ciruja”, completó. Y entonces, “¿recordaría, eso, que ahora se desperezaba, que alguna vez había sido un bebé, envuelto quizá en mantas limpias y perfumadas?”
Dobal, entre bostezos, se hacía estas preguntas y observaba como un estudioso a eso, justo frente a él. Y si Dobal lo llamaba eso, era porque dudaba en considerar a esa cosa viva, pero obscenamente sucia, una persona, un ser humano; y sabiendo que no era más que un ciruja, Dobal había reemplazado ese nombre, tan inequívoco, tan ejemplar, por este mucho más indefinido: eso. Ahora, eso metía en un bolso de mujer unos bollos de papel de diario, una botella de vino, trapos, un muñeco deshilachado… Y mientras lo hacía, hablaba constantemente. Solo. Hablaba solo.
“¿Por qué –siguió Dobal– por qué solo? Si nadie habla solo, en realidad; yo no hablo solo.” O mejor dicho, hablar solo, según Dobal, no era prueba suficiente de nada. ¿Qué estaba haciendo él si no? “Todos hablamos solos y eso no nos transforma en cirujas o en locos”, concluyó casi indignado. Sin embargo, aquella certeza no lo llevó a preguntarse qué estaría tratando de decir o de entender él cuando, desde hacía un rato, justificaba o defendía a un ciruja nada excepcional.
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