Publicado por admin 9 Enero 2008
en Cuentos y Relatos.
Lola De la Riva
Anochecía en la pampa argentina, él iba como al matadero, ella le espera en una estancia rígida y seca.
-No se ve nada, enciende la luz, dijo él.
-No es necesario, será poco tiempo, lanzó ella.
-De todas formas…..
Se produjo un silencio aterrador mientras la luna mantenía afuera su presencia con enorme elegancia.
Nada se mueve, no hay viento, sólo se oye el murmullo del agua de un río cercano, el paisaje es mágico.
De golpe, perturbando el silencio, un grito horroroso se escucha en la lejanía. Él abandona repentinamente la casa, cabizbajo, contraído; ella permanece dentro sin mover un solo músculo.
Afuera una pareja se acaba de batir en duelo.
Publicado por admin 18 Diciembre 2007
en Cuentos y Relatos.
Edgar Scott
“¿Recordaría su nombre? ¿Recordaría –se preguntó, Dobal– que alguna vez fue un chico como cualquiera?” “Porque nadie nace ciruja”, completó. Y entonces, “¿recordaría, eso, que ahora se desperezaba, que alguna vez había sido un bebé, envuelto quizá en mantas limpias y perfumadas?”
Dobal, entre bostezos, se hacía estas preguntas y observaba como un estudioso a eso, justo frente a él. Y si Dobal lo llamaba eso, era porque dudaba en considerar a esa cosa viva, pero obscenamente sucia, una persona, un ser humano; y sabiendo que no era más que un ciruja, Dobal había reemplazado ese nombre, tan inequívoco, tan ejemplar, por este mucho más indefinido: eso. Ahora, eso metía en un bolso de mujer unos bollos de papel de diario, una botella de vino, trapos, un muñeco deshilachado… Y mientras lo hacía, hablaba constantemente. Solo. Hablaba solo.
“¿Por qué –siguió Dobal– por qué solo? Si nadie habla solo, en realidad; yo no hablo solo.” O mejor dicho, hablar solo, según Dobal, no era prueba suficiente de nada. ¿Qué estaba haciendo él si no? “Todos hablamos solos y eso no nos transforma en cirujas o en locos”, concluyó casi indignado. Sin embargo, aquella certeza no lo llevó a preguntarse qué estaría tratando de decir o de entender él cuando, desde hacía un rato, justificaba o defendía a un ciruja nada excepcional.
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Publicado por admin 30 Noviembre 2007
en Cuentos y Relatos.
Carolina Uribe - Murcia
Leonardo contaba diez años por aquel entonces y, como todo niño que se precie de serlo, contaba también con la curiosidad, característica propia de su edad. Durante días, anduvo preguntándose el significado de algo que escuchó a escondidas tras la puerta de la habitación de su hermano mayor cuando éste hablaba con un amigo: “hacerse unas pajillas”. La duda le corroía, y al cabo la quemazón era tan grande que harto de preguntar y no obtener respuesta, decidió por sí mismo averiguar todo aquel misterio. Las únicas pajillas que conozco, se decía pensativo, son las de sorber el batido. ¿Qué misterio tendrán?
Una noche, sintiéndose como el héroe de sus dibujos favoritos, y también teniendo la certeza de que estaba haciendo algo mal, certeza típica de quien hace las cosas a hurtadillas –pero sabiendo que su familia dormía-; se deslizó silenciosamente por la cama hasta salir de su habitación, atravesó el comedor, y llegó sin hacer ruido hasta la cocina. Con cuidado abrió los armarios, rezando para que no chirriaran. Cogió de una caja de plástico un puñado de cilindros alargados y con el mismo sigilo de antes, esta vez doblemente excitado y tenso, regresó a su habitación.
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Publicado por admin 22 Noviembre 2007
en Cuentos y Relatos.
Sergio Manganelli - Argentina
Un día cualquiera, cuando menos se piensa, Casiopea se nos va de la vista y comprendemos de golpe que la vida es lo único vitalicio. Esperamos que el árbitro conceda algún tiempo adicionado, o que el destino nos libre un giro en descubierto, al menos de unas horas, para poder dejar nuestras cuentas en orden. No las formales, las sumas y las restas, la multiplicación de frases nunca dichas, o la división de los bienes tangibles. Digo las otras. Los débitos de la satisfacción. Nuestro saldo de instantes que nos siguen. Los guarismos pendientes de la duda.
Lo cierto es que no siempre queda tiempo. Por ello, sería oportuno repasar cada tanto el equipaje.
En primer lugar, es menester despojarnos de aquello que nos pesa. La levedad del viaje exige poco lastre. Dejar en tierra los arcones de miedos. Las madejas de culpas infundadas. El ancla ineludible de los desamores. Y ordenar sin exceso de prolijidad lo que palpita, aquello que nos sirve, que nos hace disfrutar de la estadía. Con la sola previsión de no olvidarnos nada. El orden de inventario no debe respetar ninguna forma razonable. No hay restricciones aduaneras, por tanto, todo se permite, incluso aquellas cosas alejadas de la moral terrestre y las buenas costumbres ciudadanas.
Se admiten puestas de sol sobre cualquier lugar del Río de la Plata. Fotografías que nos muestren tal cual fuimos. Aromas de comida en las ventanas. Instantes de victoria. Las primeras preguntas debajo de la ropa. Las ropas del inicio deslizadas a primera vista. Poemas esenciales. Cuadernos de primer grado. Álbumes de figuritas. Discos de vinilo. Sabor de primer beso, inaugural o el último. El gol de Maradona a los ingleses. La mirada furtiva que se perdió en el subte.
El mate amargo desde manos dulces. Los labios dulces en la hora amarga. Las calles de la infancia, empedradas de enigmas y pochoclo. El olor a frutales de su cuerpo. El vaho del café, sobre la barra helada del invierno.
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Publicado por admin 6 Noviembre 2007
en Cuentos y Relatos.
Roger Ferrer - Gerona
Si su reloj digital marcaba las 7:18, era la hora de ejercitarse con la tabla de musculación.
Esa mañana debía estar un poco somnoliento porque iba con retraso. Debía completar su tabla de ejercicios en tres cuartos de hora.
A las 8:13 tomó un desayuno completo: zumo, cereales, una tostada untada con mermelada, y una naranja. Era importante comenzar la jornada con vitalidad. Sintió ganas de ir al lavabo pero eso haría que incumpliera el horario previsto, lo cual sería un error. Se aguantó.
A las 9:15 llegó al despacho. Revisó la agenda. Durante cuarenta y cinco minutos comprobó que los últimos informes fueran correctos; luego mantuvo la primera reunión, que concluyó a la hora acordada.
Sus siguientes consultas a la agenda supusieron: a las 10:30, visita de unos clientes; a las 11:15, amonestación a la secretaria por sus errores constantes; a las 11:45, descanso de cinco minutos, tiempo suficiente para escuchar dos veces su canción preferida; a las 11:50, telefonear a su hermana, que cumplía años, llamada que terminó a los 11:54, dos minutos antes de lo imaginado, lo que le permitió escuchar una vez más su canción favorita.
Al llegar a las siete y media de la tarde, consultó su agenda que, como en las treinta y ocho veces anteriores del mismo día, indicaba un nuevo punto: «Abrir la ventana, coger carrerilla, dar un gran salto».
¿Era posible? Por primera vez tenía una cita de ese estilo Aquello significaba un cambio irreversible respecto a su futuro. Comprobó las hojas siguientes; estaban en blanco.
La agenda nunca se había equivocado, así que no le quedaron más opciones que abrir la ventana, tomar carrerilla y saltar.
A las 19:31 su reloj digital de pulsera se estrelló contra el pavimento.
A las 20:02 una ambulancia trasladó el cadáver al hospital del municipio.