La Columna Del Taller
Marcela Predieri - Argentina
Un cuento, un relato, una novela comienzan a gestarse cuando una experiencia o una idea en nuestro interior pide a gritos ser contada. Pero esto no es suficiente. El camino, como bien lo expresa el poeta Vladimir Holan en el verso que da título a esta nota, es penoso. No sólo por el trabajo que conlleva sino porque muchas veces la obra -aun cuando sus verdaderas dimensiones no sean comprendidas hasta mucho tiempo después de escritas- llega a trascender al autor y su época.
Una obra literaria, dice Silvia Kohan, es la “transformación de un hecho rutinario y trivial en un hecho metafísico”. Esta exigencia nos obliga a hablar del hombre, de lo que somos y sobre todo de qué y cuánto somos capaces de hacer. Ahora bien, si a esto le sumamos la definición de James Joyce: “El arte es la configuración de lo intelectual y lo emocional con un fin estético”, entonces puede verse a la obra también como ofrenda y como tal debe hacerse de rodillas.
Tengo una idea. ¿Cómo la narro?
Las historias crecen como maleza en los cuadernos de los que recién se inician en el arte de narrar. Muchos aficionados se acercan a talleres literarios o participan en concursos creyendo que han escrito un cuento pero lo que han hecho en realidad es plasmar sobre el papel una experiencia, una anécdota, apenas el borrador de una idea sobre la que podrá escribirse algo que aun no tiene forma y que sólo después de trabajado será un cuento, un relato o quizás una novela.
Sábato ha señalado que “las ideas no aparecen en estado puro sino mezcladas a sentimientos y pasiones”, por eso todo escritor con oficio sabe que estas ideas deben hacerse germinar muy lentamente. Y es aquí donde aparece el verdadero compromiso con la creación literaria, donde surge la vieja lucha entre trabajo e inspiración.
A partir de este momento decenas de versiones comenzarán a competir por su subsistencia hasta que una y sólo una se desarrolle y consiga abrirse paso gracias a su solidez. La búsqueda y la reflexión habrán alcanzado su meta: desarrollar un tema a través de una trama eficiente, y eso lleva tiempo.
“Qué máquina tan difícil de construir es un libro, y sobre todo qué complicada…,- decía Flaubert a Louise Colet en sus cartas-, Avanzo a paso de tortuga, esto me desespera (…) La semana pasada tardé cinco días en hacer una página…
La diferencia entre una persona que escribe y un escritor es que la persona que escribe lo hace para sí, aunque lo muestre; el placer que le proporciona la escritura y un narcisismo desbordado lo encierran en soledad. El escritor, en cambio, no está solo; siente la presencia del otro, de aquel lector ideal a quien tiene en tan alta estima y sabe, que para que pueda ponerse en contacto con él, hace falta el análisis de distintas técnicas literarias que potencien su relato.
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